La casa de Jack o del Tío Chueco danés

Por: Mauricio Hernández (@MauHeRa)

Lars Von Trier es reconocido en el panorama cinematográfico por sus “controversiales” películas, siempre cargadas de chocantes -en el ‘buen’ y el ‘mal’ sentido- recursos para llamar la atención. Ahí se anda echando una disputa con Gaspar Noé para determinar quién es el provocador de provocadores dentro del mainstream (que no lo es tanto).

Cuando presentó La casa de Jack en el Festival de Cannes, los reportes indicaron que “hubo muchas personas que salieron de la sala antes de que acabara la proyección” e incluso se habló de salas vacías. ¿Pues qué tanto contiene su metraje? ¿De verdad es tan duro? Alguien por ahí me dijo: “él es el tipo de director que le pagaría a las personas para que se salieran antes o compraría todos los boletos de una función para dejar la sala vacía, todo con el simple objetivo de llamar la atención”… Vaya.

A manera de una conversación entre Jack (Matt Dillon), un asesino, y Verge (Bruno Ganz), una presencia fantasmagórica-demoníaca, cuya mezcla sugiere que están en un plano no terrenal, este largometraje cuenta el viaje del criminal en su vil transformación hacia un desalmado, combinando reflexiones sobre el arte y la vida en el proceso. Ya saben, Von Trier.

La división episódica del argumento (cinco incidentes) y un epílogo que es, tal cual, el destino final de este monstruo, revela ocasiones aleatorias de los 12 años de asesinatos que este personaje ejecuta aparentemente sin mayor motivo, pero defendidos por una teoría artística y plástica que manifiesta una obsesión de trasfondo, la cual involucra la arquitectura como pretensión de vida negada y la admiración a grandes artistas, quienes virtuosos en la forma, fueron controversiales por las temáticas que tocaban y su exposición. Es decir, siendo autorreferencial, Von Trier explora su trayectoria para autodescribirse como este asesino maniaco en el cine, que no teme cruzar todos los límites para hacer su gran obra. A la par de sus asesinatos, el protagonista busca construir su casa y, trasladado a la realidad, éste sería Von Trier en la edificación de su carrera, dejando cadáveres, sangre y quesque escándalo por doquier.

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Regresando a la trama, el personaje encuentra motivación no para transformarse totalmente en maníaco, pero sí para cierto desdén por el orden establecido e insensibilidad hacia el exterior; todo expresado sádicamente en una escena donde el pequeño Lars, digo Jack, corta la pata de un pato bebé. Este planteamiento de un acontecimiento ocurrido en la infancia como determinante del futuro, es una clara marca del cine psicologista común en la trayectoria de este director.

Ahora que contamos con una justificación narrativa para la violencia posterior, debo decir que su forma escandalosa es solamente eso: un grito con altavoz para hacer una película moderna sobre un desquiciado. Sí, hay una exploración somera a lo que sería un motivo interno para los siguientes atropellos, pero queda demasiado superficial para la cantidad de crueldad que, además, vuelve a centrarse en la declaración semiterapéutica del autor que notoriamente buscaba sacar todo lo que traía dentro, tanto ‘bueno’ como ‘malo’. El gore, decreciente en calidad plástica conforme avanza el filme, confirma la idea de que todo es más por llamar la atención, pues la explicitud cada vez más grande es por incidente y sin mayor justificación que el pasar del tiempo y la profesionalización del demente; no hay otra razón para mostrar tal brutalidad más que el hecho de ser una película de Lars Von Trier.

La casa de Jack es una amplia autoexploración egomaniaca al pasado del cineasta danés, quien aprovecha para alzarse un poco el cuello y responder a ciertas críticas de “misógino” o “sádico” que el tiempo le ha dado. Posiblemente esta sea una visión personal de lo que es una obra culminante, pues la casa que el personaje tanto anhela es la realización personal que el propio realizador persigue. Sí, cierta habilidad técnica y narrativa, pero también una sensación de vacuidad. Hit the road, Lars.

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