Extraño pero verdadero: la sosegada (y rasgada) poética

Por: Mauricio Hernández (@MauHeRa

Romantizada o criminalizada, la pobreza ha sido un elemento siempre presente en el panorama mundial. Cambia el modo de producción, pero los desprivilegiados permanecerán.

Extraño pero verdadero, segundo largometraje de Michel Lipkes, cuenta sobre un grupo de basureros y lo pesaroso de su cotidianidad: su pesado empleo, sus sueños frustrados, sus carencias y las situaciones que enfrentan en el cumplimiento del oficio; todo aderezado con ciertos agentes narrativos para encrudecer la realidad.

Su fotografía en blanco y negro, tirada con cierta eficiencia por Gerardo Barroso, significa más que una decisión estética, pues crea cuadros claroscuros que retratan los contrastes en unas figuras desafortunadas, que siguen teniendo luz a duras penas, pero se mantienen en las agobiantes sombras de la indiferencia social… De la existencia en general.

El eco (pretendido) más claro de esta película es la obra maestra buñueliana y memoria de la humanidad: Los olvidados (1950). Las similitudes entre ambas son indudables: las dos muestran la vida de sectores oscurecidos por la sociedad (los olvidados) -con más soltura y virtud en el filme de Buñuel-; ambas insertan la tragedia en su trama para exponer la crudeza de la naturaleza humana y utilizan elementos simbólicos para aludir una idea -Buñuel lo domina y repite por su trayectoria en el surrealismo, mientras que Lipkes lo introduce brevemente al final-.

Y digo “pretendido” porque sería demasiado osado decir que esta cinta es una actualización, pues creo que son incompatibles en cuanto a las intenciones de cada una. Buñuel presentó en su momento una ficción con rigor documental -se sabe por los testimonios, como su propia autobiografía, el tiempo que pasó investigando en los cinturones de miseria de la ciudad-, y Lipkes pretende hacer una visibilización de aquellos seres que están ahí y vemos por momentos, pero nunca realmente observamos, de ahí la elección de su título. Esta suerte de reivindicación raya en lo poético, puesto que todos los elementos están acomodados para dar la apariencia de un realismo armónico: la escala de grises, el ritmo apacible y la crueldad manifiesta; la intención es más que loable, así como la ejecución es más que dudosa, por decir lo menos.

A lo largo del desarrollo están acomodados varios segmentos de la rutina de este grupo de basureros -sustancia principal de la cinta-, unidos con desvanecimientos (como transiciones) que cortan la cadencia del relato. Además, su ritmo tan “poéticamente” pausado, consecuencia de alargar tanto algunas acciones, rompe con la progresión dramática de las secuencias. Este compás de las notas no fue precisamente lo más adecuado para la pieza.

Fuera de la elección del color, la labor de cinefotografía peca de ambiciosa. Quitando algunos planos que son francamente bellos, algunos otros -los más complicados- como un plano secuencia acompañando al camión de la basura o algunos otros donde se utiliza el desenfoque como maniobra estética-formal, quedan, en aspecto, descompuestos. Asimismo, el trabajo actoral se atora en los polos: la sobreactuación y de la falta de expresión. Una u otra. El maestro limpio (Luis Enrique Parra) se figura con su desempeño al antagonista malo malísimo cuasi-escupefuego; en contraparte, Jonathan (Kristyan Ferrer), luce complicaciones para aprovechar sus capacidades y simular una herida grave.

Las intenciones de Extraño pero verdadero son más que encomiables. Es decir, la escena del cine mexicano necesita más largometrajes que hagan visible la terrible realidad que padecemos. Es imperioso ese cine más combativo. Sin embargo, también es necesario fortalecer el canon de producciones con una realización más eficiente. La intención se reconoce, el resultado… híjole, ya depende de cada quien.

Miembro del club de los insomnes. Dicen que nada me parece, pero no estoy de
acuerdo… No me enmiendo.

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