Tiempo Compartido: la ballena te ha de vomitar (si bien te va)

Por: Julio César Hernández Ortega (@JulioHernndezO

“El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada”

Byung-Chul Han

Bartleby está sentado frente a su escritorio, el jefe le ha pedido que transcriba en limpio una nota sobre un caso importantísimo que no merece demora. El escriba, Bartleby; quien es más o menos un apático según quienes lo conocen; se levanta de su escritorio y, como arrastrando los pies, llega al despacho principal y dice “Está bien, jefe”. A la mañana siguiente, todo se repite; todos los días lo mismo, hasta que un día; al pedirle que haga otra cosa distinta a la de mecánicamente transcribir, él contesta “Preferiría no hacerlo”.

¿Qué tiene que ver Bartleby, el escribiente; cuento de Herman Melville, publicado en 1853; con una película mexicana donde vemos dos historias de hartazgo, tristeza y desesperanza a colores entre pastel y neón?

Tiempo Compartido (Sebastián Hofmann, 2018), es de esas películas que más allá de la recepción que llegue a alcanzar y del éxito que pueda –o no– tener, da pie para pensar en cómo vemos nuestra vida hecha metáfora y en ficción. El espectador quizá se deje guiar hacia la sala de cine por la curiosidad de ver si Luis Gerardo Méndez (Pedro) es una extensión más de Chava Iglesias (Club de Cuervos), Ricardo (Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando) o del junior emprendedor de Nosotros los nobles (2014) de Gary Alazraki. Hemos de reconocer que en la oferta comercial del cine nacional, los nombres como el de Luis Gerardo Méndez, Cassandra Ciangherotti y Miguel Rodarte, bien no aseguran calidad en el guion pero sí potencian un poco la expectativa del filme en el que se encuentren.

Como se menciona arriba, esto no es una crítica cinematográfica, es un pretexto para hablar del hoy. El cine puede llevar a provocar, en diversos niveles, trenes de pensamiento, ahí radica su importancia y persistencia histórica.

A grandes rasgos la película nos propone dos historias paralelas que ocurren en la cotidianidad de los tiempos compartidos. ¿Quién no ha sido víctima de los desayunos patrocinados, donde el menú es más que malo, donde nos intentan convencer de que tener miles de habitaciones por el mundo es lo que necesitamos?

Se proponen dos ejes centrales para ensayar sobre esta película: la vida de Pablo (Luis Gerardo Méndez) y la de Andrés (Miguel Rodarte) y sus “familias”. El escenario: un hotel de cinco estrellas. El motivo: unas malditas vacaciones. ¿Qué ocurre?, todo sale mal cuando el administrador nos ha dicho que debe salir bien.

La vida en ese microuniverso transcurre en el arriba y el abajo; los de abajo, los trabajadores de la gran máquina de felicidad. El abajo son las entrañas de una gran ballena llena de toallas sucias, lavadoras y tubos de aire acondicionado, toques de neón entre rojo, morado y rosa; un infierno donde Virgilio y Dante podrían calzar unas Aqualetas, una remera sin mangas y bermudas caqui. El arriba, un hotel lujoso con chalets, buffets y animadores dando clases de yoga acuática y organizando carreras en sacos. ¡Ven, diviértete porque no hay otra cosa mejor que hacer! ¡Administramos todo, tu vida, tu cuenta bancaria, tus datos, tus compras, tus tristezas y tus vacaciones!

Pensadores como Paul Virilio explican a la sociedad tardomoderna, y la constante económica del capitalismo tardío, como el estadio de la civilización donde la logística y la administración son el eslabón más potente de la vida. Y si se tilda este texto de folclórico por usar conceptos como “capitalismo”, no se culpe al texto; el mismo Luis Gerardo Méndez se ha referido al filme, en entrevistas recientes, como una crítica al capitalismo que te dice cómo debes pasar tu única semana de vacaciones.

Este logro de las capacidades de organización se ha ido totalizado e institucionalizado bajo formas de administración –quién no recuerda que existe una carrera que se llama Administración del Tiempo Libre–. Esta forma de organización deriva de lo que el mismo Virilio ha denominado como ultima ratio, o ultima racionalidad, como el epítome del progreso; si ya matematizamos la naturaleza, ¿por qué no hacerlo ahora con el tiempo libre?

Asimismo, Ernest Mandel, economista alemán, nos explica que en la etapa del capitalismo tardío, toda acción humana es susceptible de economizarse y capitalizarse; el capitalismo total.

Bartleby, el vacacionista.

Pedro (Luis Gerardo Méndez) representa al apático que, sin poder controlar las vacaciones esperadas, se queja de todo lo que le ocurre; cobra la figura del tarado social, del triste y deprimido que nada le ajusta, que ningún chile le embona.

Para Byung-Chul Han (2012), el sujeto –hablemos de trabajador de buró– se ha convertido en alguien que debe de rendir, a esto lo ha denominado como la sociedad donde impera el cansancio; cansancio del Yo, del rendir, del cumplir y del poder y presión que implica que te recuerden siempre “si quieres puedes”. ¿En verdad si quiero puedo tener un Ferrari, unas vacaciones tranquilas o, ya de menos, una vida digna? En un país como México, en el que un trabajador promedio labora 2, 255 horas al año; según datos de la OCDE para 2018, organismo que cuenta alrededor de 1,300 horas por laborante al año en Alemania; acceder a una semana de descanso implica muchas trabas: desde los contratos por outsourcing que pocas veces permiten generar una antigüedad que asegure por lo menos cinco días al año, hasta las trabas económicas, familiares, de brecha, etc. Es justo en este contexto en el que vemos parado al joven Pedro, de quien no se sabe mucho, pero que por algunos diálogos podemos ubicar entre los 30 y 35 años –Eva, su esposa, menciona tener 30–. Podemos imaginarlo como un burócrata, de la industria que sea; no por ser creativo de agencia se te cae el título de trabajador de Büro.

Al llegar a su cabaña rentada, Eva le pregunta a su marido, “¿Cómo pagaste esto?”, a lo que Pedro le responde que no se preocupe, que disfrute. Corte a: tocan la puerta y les dicen que el hotel sobrevendió y tras unas negociaciones yermas en la administración, se concluye que deben compartir el chalet con una familia. Esta familia, de corte tradicional que, hasta cierto punto es el epítome de lo bonachón, choca con la forma de ser de Pedro. ¡Pero si éste es un amargado! Seguramente sí, pero el asunto principal no es eso, sino lo que deriva a que posteriormente se sienta culpable de ser como es; de no hacer caso a lo que “se le presenta” como opciones, que veremos después, están pre-empaquetadas y pensadas para venderle; a toda costa; un tiempo compartido.

¡Ay, Pedro! ¡Pero si nosotros te conocemos más que tu propia familia. Es más, somos tu gran familia!

El problema estriba en que, si bien todos sabemos que tomar unas vacaciones tiene la función de descansar, parece ser que no se cumple; que cansa más. Pero no es el cansancio que se origina por el trabajo y la vigilia, sino es un cansancio sordo que Peter Handke expresa como “cansancio que separa” (en Han, 2012, p. 73); este tipo de cansancio destruye toda posibilidad de comunidad, de ajuste con el otro.

Entonces, ¿de qué deriva este cansancio que separa y que es sordo?, del hacer-hacer de manera cotidiana, mecanicamente, como lo hace el Bartleby de Melville, quien todos los días copiar textos; ahora, cambie el copiar textos por “llenar tablas de Excel” o lo que se le venga a la mente. Los aparatos de administración –de lo que sea, ponga de ejemplo el Big Data y los algoritmos que, con tan sólo unos clicks, nos administran lo que necesitamos– dibujan el camino que hay que seguir; algoritmos personales totalizados al estrés y los pequeños triunfos posmodernos del descansar después de una jornada laboral de 10 horas, con sus juntas y comidillas, y sus tres horas de trayecto. Y todo esto para que, al llegar Pedro a sus vacaciones, también le tengan que organizar –sin saberlo– su vida, su tiempo compartido y hasta qué decir o hacer para no sentirse culpable frente a su familia; que al fin y al cabo, termina lastimando por no ajustarse al plan que surge.

Ahora hay que llevar las vacaciones a su máximo rendimiento, si entras en guerra contigo mismo –y al ser contigo mismo, no hay posibilidad de perder o ganar– te convertirás en el inválido social, el deprimido.

Ya cansando de tratar de rendir en sus vacaciones, de cumplir la expectativa; y con la nariz rota; descubre que todo ha sido un montaje. Pedro es el idiota, amargado, deprimido y furioso. Este Bartleby, el vacacionista, no pudo pronunciar lo que su homónimo del cuento dijo, no tuvo oportunidad de decir, “estoy cansado y preferiría no jugar tenis”. La diferencia entre el escribiente y el que vacaciona, es que el de Melville vivía en un contexto, mediados del S. XIX, donde la administración operaba sólo en el ámbito laboral, es el ejemplo del burócrata que hace porque no tiene de otra. En cambio, Pedro, es el burócrata que debe divertirse como en los videos promocionales de hoteles y folletos, porque NO TIENE DE OTRA (según…).

El cansancio de la vida cotidiana, que lo llevó a tomar unas vacaciones familiares, terminó separando. Es contradictorio, porque mientras Eva se une a la familia Bonilla, el idiota de Pedo, el depresivo y furioso, se separa de su familia.

“La gran familia Everfields International Resort” es la que sabe lo que necesita, lo que necesita es una clase de acuaerobics y a un empleado de la empresa, metido en su vida como espía comercial; que le enseñe cómo es ser una buena familia y de paso, le venda un infinito descanso en miles de destinos que heredará a sus hijos.

Andrés, el autoexplotado y el Yes, you can.

Andrés ha dado toda su vida adulta al servicio de hotelería, desde pazguato animador, hasta lo que ahora es el final de su carrera: el recoge toallas.

Hasta hace algunas décadas se podía hablar de que la humanidad transitaba por una sociedad disciplinaria. Han (2012) nos explica que dichas sociedades estaban basadas en el “deber”; ya que, si no “hacías” la disciplina se imponía. En el caso de cuento de Bartleby, al no corresponderle la tarea de “revisar” textos, mas sólo la de “copiar”, no podían reprenderlo. De hecho, en el cuento el narrador explica que tolera la actitud apática del escribiente, porque en realidad es un excelente copista y nunca ha hecho mal su trabajo. Tenemos por entendido que su función en el cuento no es ser proactivo –cualidad que, eufemísticamente, utilizan ahora los reclutadores. Parece ser que para convertirse en animador de fiestas o en profesor de Literatura, la proactividad; lo que sea que signifique; es necesaria–.

En el paso de esta sociedad disciplinaria a la del rendimiento; de la que se ha venido hablando; se encuentra la figura central de la explotación. Ésta no ha desaparecido, sólo ha cambiado quién la ejerce. Como se mencionaba, antes el deber pesaba, ahora pesa el poder como verbo modal… (en inglés “can”, diferenciado del “could”). Ya no opera el “Debes trabajar duro si quieres comer”, ahora en cambio se reza, “Si trabajas duro PUEDES llegar a ser millonario”. Ahí radica el cambio, el trabajador se explota porque puede.

Andrés, tras un episodio traumático del cual no se pudo recuperar, se convierte en otro tarado social; un inadaptado en un entorno donde la amabilidad, las sonrisas y las ventas son el pan de cada día. Su esposa, Gloria (Monserrat Marañón), todo lo contrario. Gloria sueña con ser parte del equipo de ventas liderado por Tom (RJ Mitte), un joven norteamericano experto en management.

¿Es lo mismo vender un tiempo compartido que una sesión de coaching de vida?

Andrés fue vomitado por la ballena. Lo vomita después de haberlo explotado, regurgitado, y todo cobra sentido para él después de desatascar una lavadora gigantesca que escupe agua, jabón, toallas y un saco rojo que tiñe el agua de carmesí.

Al no poderse ajustar al ritmo de vida, después del trauma, pasa a ser relegado; a pesar de que él mismo se autoexplota con medicamentos, esperando poder regresar a ser el mismo tipo amable que organizaba carreras en sacos por las tardes. Asimismo, el hotel comienza la transición de formar parte del consorcio internacional “Everfields”; con lo cual la competencia para la supervivencia se exacerba. Los que no rindan, ¡a las entrañas de la ballena a lavar toallas!

La sociedad del rendimiento te grita “¡Tú puedes!” y si no puedes, es porque no te esforzaste lo suficiente. Esto es lo que le ocurrió a Andrés, ya no pudo, por lo cual decide desvelar el engaño puesto a la familia de Pedro.

Todo era un montaje, la aparición de Abel (Andrés Almeida) con su familia tuvo como fin obtener información sensible, plantear situaciones, sacar fotos y sabotear las vacaciones familiares con el fin de conocer a fondo las necesidades emocionales de Eva y, como Tom le dice a Gloria, venderles la redención perpetua con cara de tiempo compartido.

La historia trata de estos dos sujetos con taras sociales que no se adaptan al cambio y a la emergencia, en un mundo donde el depresivo se convierte en un inválido social que puede ser explotado o tragado por una ballena para después, si bien le va, ser escupido.

– Le invitamos a un desayuno donde le comentaremos las oportunidades de vida. Podrá visitar nuestros destinos hasta dos veces por año. Ande, sin compromiso. Desayuna, nos escucha y decide si contrata –de por vida– un tiempo compartido. El paraíso está a su alcance…

– Preferiría no hacerlo… Gracias.

También hay que contemplar la posibilidad de preferir no hacer cosas en un mundo donde, presuntamente, podemos hacer de todo, hasta tener vacaciones aseguradas de por vida.

Referencias

– Han, B. (2012) La sociedad del cansancio. Barcelona, España: Herder.

Julio César Hernández Ortega es Licenciado en Comunicación por la UNAM. Estudiante de la Maestría en Comunicación del Programa de Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, en el campo de Comunicación y Cultura. También es profesor de Literatura y Comunicación y le interesa la Teoría y la crítica de la cultura.

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