La negrada: la necesidad de que cada pueblo cuente su historia

Por: David Ornelas  (@DAVIDORNELASM) y Cynthia García Martínez

Entre el premio a mejor fotografía en Guadalajara y el hecho de ser la primera cinta de ficción en la historia del cine mexicano, cuyo relato se ubica por completo en una comunidad afrodescendiente en México, La Negrada, de Jorge Pérez Solano, generó considerable expectativa. Sin embargo, fueron las declaraciones del autor lo que llamó la atención de manera definitiva previo a su estreno.

La Negrada, tercer largometraje de ficción del realizador egresado del CUEC UNAM, cuenta, en un tono dramático con intentos de humor torpe y mal codificado, la historia de una familia en la costa oaxaqueña. Dos mujeres, Juana y Magdalena, sostienen una relación con Neri, de oficio pescador, cada una desde su espacio y a un tiempo normalmente impuesto por él. Juana está fatalmente enferma por complicaciones del riñón, y su hija, Sara, hace todo lo posible por ayudarla. Los hijos de Magdalena, aparentemente desentendidos del asunto, tendrán tiempo de acercarse, con cariño y empatía, a Juana, la esposa de su padre que no es su madre.

Pérez Solano se vale dramáticamente de la libre interpretación de dos conceptos históricamente asociados al contexto de las comunidades afromexicanas. Por un lado, la idea de un ser o animal guardián al que queda unido el destino de una persona desde que nace, situación que el director usa para vincular, desde el mito, la vida de las dos protagonistas. Por otro lado, la noción del “queridato”, nombre con que se conoce en la región a esa práctica universal que permite a los hombres tener dos parejas sin ser socialmente juzgados. El resultado es una reflexión a distintos niveles sobre las relaciones afectivas y los anhelos humanos, pensadas a través de la noción de un destino inevitable y de las tradiciones y prácticas culturales. También es un comentario de la forma en que este destino y esta cultura justifican privilegios machistas.

Pérez Solano decidió, inteligentemente, trabajar con miembros de la comunidad, y no con actores profesionales, para representar a sus personajes, bien construidos en términos generales. Este primer acercamiento ficcional a una comunidad afromexicana, sin sus cuerpos y sin sus personalidades, hubiera sido un despropósito insalvable.

Sea por decisión, por circunstancia o por falta de oficio del director y guionista, las inevitables complicaciones de esta decisión recaen en esos momentos, que son muchos, en los que el acartonamiento distrae de las posibilidades reflexivas de la cinta.

Soportada en gran medida en el trabajo intachable del virtuoso César Gutiérrez Miranda, fotógrafo y coproductor, La Negrada también tropieza cuando se le amontonan los temas y detalles de contexto, que terminan entrando muy a fuerza.

El momento más desafortunado es aquella secuencia en la que una mujer reparte propaganda política del movimiento afromexicano por las calles. Se sabe que fuera de la ficción, la joven de los volantes milita la causa. Si desde esa forzada intervención en una secuencia de la cinta, el realizador intentó un guiño con el movimiento, no fue suficiente. Ellos y ellas, quienes desde muchas trincheras conforman un movimiento por el reconocimiento constitucional afromexicano, se han convertido en sus más serios detractores.

Desde hace más de cincuenta años se han realizado investigaciones antropológicas, históricas, sociológicas, etnohistóricas en torno a la población de ascendencia africana. Sobre la región de la Costa Chica están las investigaciones pioneras de Gonzalo Aguirre Beltrán y enfoques contemporáneos como los de Arturo Mota. Sobre la migración contemporánea está el trabajo de Citlali Quecha y sobre las influencias africanas en la música tradicional destaca el trabajo de Carlos Ruiz Rodríguez.

En el terreno de la investigación cinematográfica, la obra de Gabriela Pulido sobre las representaciones de los afrodescendientes en el cine mexicano, resulta un referente obligado. Por mencionar alguno, recordemos su trabajo publicado en 2010: Mulatos y negros cubanos en la escena mexicana, 1920-1950.

Si bien desde un enfoque más académico que cinematográfico, no son pocos los documentos audiovisuales que abordan la presencia histórica de este grupo. La raíz olvidada, la tercera raíz, (1992), De Florida a Coahuila. Historia de los Mascogos (2000) y Correrías en el Monte (2010) de Rafael Rebollar; La Huaca: barrio de negros (1996) de José Luis Reza; Ébano. La tercera raíz en México (1999) de Eduardo Lizalde Farías; Voces de mujeres de la Costa Chica Guerrero y Oaxaca (2013) de Alejandro González, Natalia Gabayet y María Elisa Velázquez y el corto documental Somos afromexicanos (2017) de Nadia Galaviz, son solo algunos ejemplos.

Desde otros terrenos de las artes comprometidas con el movimiento, tenemos la obra pictórica de Baltazar Castellanos y fotográfica de Hugo Arellanes, quienes se reivindican como afromexicanos. Ambos trabajos se exponen actualmente en el Centro de la Imagen, en el marco de la muestra “AfricAmericanos”. En su obra y en su discurso prevalecen, entre otros temas, el derecho a la auto representación y la necesidad de un acercamiento respetuoso con el otro; además de las demandas de despojar a las comunidades afromexicanas de los “grilletes” contemporáneos, como la falta de educación, la pobreza y el racismo.

En México, al menos el 1.2 por ciento de la población se reconoce como afrodescendiente. Es en este contexto, el de la invisibilización de esa realidad para un amplio sector del país, pero también el del trabajo intenso desde distintas trincheras para evitarla, en el que aparece La Negrada. Es desde aquí desde donde debe pensarse el reto que implicaba su realización y la irremediable relevancia que el tema de la afromexicanidad cobraría, dejando en segundo término cualquier otra virtud en su exploración formal o temática.

También es en este contexto en el que Pérez Solano emitió una serie de comentarios desafortunados en una entrevista para el periódico La Jornada, publicada el 10 de agosto de 2018, el mismo día del estreno, y que sin duda predispuso la recepción de la película.

Entre otras cosas, el realizador expresó: “El tono de piel que utilizo en la película no llega a lo totalmente negro que yo hubiera querido. Me dijeron que si me metía más iba a encontrar más negros, pero son más salvajes. Igual lo hago la próxima vez, allá se les llama azules o rojos, porque a cierta hora del día parece que desprenden un haz con esos tonos; bien bonito. Pero, o eran muy tímidos o muy salvajes, o no querían ni que me les acercara o me decían que les daba pena.”

Cualquiera que sea la razón por la que haya decidido abordar, en estos términos, esas ideas en particular, las expresiones así leídas resultan racistas. Hablar en público sobre un grupo específico de personas exige conducirse con respeto, principalmente cuando se trata de las personas a las que pretendes representar y visibilizar a través de tu obra, y más aún cuando se trata de un sector del país históricamente invisibilizado y representado a través de estereotipos negativos, entre los que, precisamente, se incluye la idea peyorativa de lo salvaje.

Las declaraciones racistas del realizador provocaron indignación entre organizaciones sociales, académicos y personas que se autoidentifican como afromexicanas. Un amplio grupo de organizaciones, encabezadas por Afrodescendencias MX y México Negro A.C, firmaron una carta donde reprueban lo expresado por Pérez Solano y le exigen una disculpa pública.

En la carta se expresa una segunda preocupación: más allá de las declaraciones del realizador, se hace patente la inconformidad de los firmantes respecto a una serie de estereotipos negativos que la cinta reproduce, relacionados históricamente con una postura de discriminación a las personas afromexicanas: flojera, promiscuidad, ignorancia y conformismo.

Sería difícil y quizá ocioso determinar si el acercamiento de Jorge Pérez Solano se dio, con plena conciencia, desde dichos prejuicios. El asunto de la pereza resulta, sin duda, reiterativo en la cinta a través de diálogos casi siempre innecesarios. La promiscuidad está explorada, como se dijo, desde el la posición del protagonista, quien sostiene abiertamente relaciones con dos mujeres. Sin embargo, desde otro ángulo, este tema abriría la puerta para reflexionar sobre asuntos de machismo, antes que de promiscuidad.

Por otro lado, habría que ser miope (que los hay, nos consta por los comentarios escuchados a finalizar la proyección) para considerar que la aceptación social de las parejas múltiples para los hombres es exclusiva de una región del país. Ignorancia y conformismo rondan por ahí, si se les busca bien. Pero también hay gente que se esfuerza, gente que trabaja, gente que se resiste con dignidad a los abusos, como el personaje de Sara.

Se le reprocha en otros espacios al realizador el no haber explicado, en el argumento mismo de la cinta, que los personajes no viven en esas condiciones de pobreza y aislamiento por flojos o desidiosos, sino por abandono y menosprecio. ¿Será realmente necesario aclararlo, en un país y en un continente en donde, en todos los rincones, encontramos las pruebas de un sistema social y económico que precisa de la quiebra de algunos para subsistir? ¿Está obligado el arte, en este caso el cine de ficción, a darnos todas esas explicaciones? ¿No basta con la sutileza del relato?

Por supuesto que hay una aproximación al tema con prejuicios y estereotipos, como todos los acercamientos y representaciones que se hacen del otro. Claro que es una película que se equivoca en distintos niveles, producto de una sociedad que se conduce, por desconocimiento, con la misma torpeza e inseguridad, pero algo tiene de espejo también, algo nos dice de nosotros mismos cuando nos asomamos a ella, algo que va más a allá de una región o un grupo social, y ese es quizá el fin último de los relatos.

Lo que queda es una puerta abierta al debate y una larga lista de pendientes: hace mucha falta repensar los temas de la representación propia y la del otro. Nos hace mucha falta reconocer nuestros prejuicios y privilegios. Necesitamos que el arte, la academia y las agendas políticas, se sigan sentando a debatir. Nos hace mucha falta que el cine se siga acercando a todos los temas y a todos los rincones, cada vez con más madurez, más experiencia y más respeto. Urge que las cámaras de cine las tengan otros. Tenemos que seguir contando historias. Nos hace falta que cada pueblo cuente su propia historia.

David Ornelas Trabaja en el departamento de difusión de la Cineteca Nacional y ha escrito sobre cine en algunas publicaciones digitales.

Cynthia García Martínez, Licenciada en Estudios Latinoamericanos y Maestra en Historia. Ha estudiado temas relacionados con la población de ascendencia africana en México. Actualmente cursa un doctorado en Historia Moderna y Contemporánea en el Instituto Mora.

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