Mente revólver: el humano como gatillo

Por: Mauricio Hernández (@MauHeRa)

La violencia imparable es una situación que padecemos todos los mexicanos. Y entre el diario bombardeo informativo-sensacionalista de sádicas imágenes que rayan en lo morboso y la consciencia de que cualquiera puede ser la siguiente primera plana de un diario amarillista, vivir en este país es como tener una pistola en la cabeza todo el tiempo.

Si bien, la actual ola se desató desde la mentada declaración de guerra contra el crimen organizado en 2006, tampoco es que antes no hubiera episodios hostiles. Uno de los más famosos y míticos ocurrió el 23 de marzo de 1994, meses antes de las elecciones federales: el asesinato en Tijuana de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del entonces hegemónico PRI a manos de, supuestamente, Mario Aburto. Este asesino y único responsable -según la versión oficial-, figura tan enigmática y olvidada, fue condenado a 40 años en prisión por el crimen, pero, ¿cómo sería su vida si fuese liberado en el 2018? Este es uno de los principales hilos de Mente revólver, ópera prima de Alejandro Ramírez Corona.

La hipotética liberación de Aburto (Baltimore Beltrán) se junta con las historias paralelas de “Chicali” (Hoze Meléndez), aspirante a músico y empleado recién despedido de una fábrica, y Jenny (Bella Merlin), vagabunda de Los Ángeles que busca dinero para sobrevivir.

Estas tres historias de seres socialmente desplazados, aparte de ocurrir en el microuniverso tijuanense, involucran una interacción con armas de fuego que sirve como catalizadora de su relato: “Chicali” entra como oficial de policía tras su cese, pero su pericia con la pistola lo lleva -a la fuerza- hacia las filas del crimen organizado (sicariato); Jenny, ciudadana estadounidense, cruza la frontera para vender un arma de fuego a un delincuente, quien termina agregándola a su equipo; y, Aburto, aparentemente tratando de recomponer el camino al trabajar en una horrorosa maquiladora. A pesar de que los tres protagonistas tienen en común a la revólver como factor común desencadenante, la película en realidad retrata cómo ellos mismos son los utensilios de un engranaje perfectamente acompasado para captar gente desafortunada, que no tenga más opciones que tirar del gatillo o tratar con él, pues el sistema (y la vida en general) no ofrece nada más que eso: la subsistencia por la ilegalidad o en circunstancias infrahumanas y desinteresadas por su bienestar… Un mundo que nunca estará a su favor.

Por un interesante desarrollo de personajes, también vemos la faceta psicológica de estos inadaptados y su relación con el hostil ambiente: “Chicali”, un timorato por consecuencia de su mala racha y chico susceptible a ataques de ansiedad cada vez que dispara; Aburto, malencarado y de pocas palabras, es mostrado con un complejo mesiánico -un giro de cierta sorpresa- que busca cumplir en el contexto electoral; y la señora Jenny, alma reprimida por el entorno callejero. Al exhibir las condiciones y efectos del terrible azote de barbaridades que ocurren en la ciudad de Tijuana -y en cada kilómetro del territorio nacional-, la cinta consuma un adecuado posicionamiento al respecto. Un preciso y siempre necesario matiz político.

Esta relación del misfit con el ilícito, las maniobras con un espacio que finalmente es compartido y la suburbanidad como gran marco del argumento, hacen recordar a Amores perros (Alejandro G. Iñárritu, 2000). Ambas primeras obras también comparten similitudes en realización, como la búsqueda de un movimiento poco convencional en la cámara -más virtuoso en el filme de Iñárritu-, que suele acompañar a los sujetos en pantalla con mucha inestabilidad para representar lo vertiginoso en su modus vivendi.

A pesar de ciertas resoluciones demasiado convenientes en los pequeños conflictos y ciertos decaimientos en el ritmo de la trama, Mente revólver logra plantear un escenario llamativo en el terreno de lo hipotético, aparte de “traer de vuelta” a un individuo -peón o no de una enorme conspiración- oscurecido por la historia reciente. Pero, lo más importante es la manifestación que da sobre la violencia, coyuntura espeluznante, así como del podrido tejido social.

Miembro del club de los insomnes. Dicen que nada me parece, pero no estoy de acuerdo… No me enmiendo.

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