Bergman: la libertad del pobre y la juventud, ¿o de la pobre juventud?

Por: Denise Roldán 

Acostumbrados a los densos dramas de Ingmar Bergman, retroceder en su filmografía hasta una comedia de 1955 es estar dispuestos a reconocer al cineasta en un terreno que le parecería ajeno. Un creador que entendía que forma es contenido, y viceversa, halló en el género del humor la manera bondadosa de decirnos: quien no sonríe no es libre.

Sonrisas de una noche de verano narra el matrimonio de Anne con el abogado Fredrik Egerman, que bien podría ser su padre, puesto que su hijo Henrik está enamorado de su joven madrastra, a quien trata angelicalmente leyéndole a sus pies. También se entrecruza la historia de la actriz Desiree Armfeldt que anteriormente había tenido amoríos con el abogado, pero ahora mantiene una relación con el también casado Conde Carl-Magnus Malcolm, esposo de otra jovencita aristócrata, Charlotte Malcolm, amiga de Anne.  Alrededor de todos ellos, danza y se contonea la mucama Petra que seduce por igual a señoritos adinerados como a peones de campo.

Con un preámbulo como éste, es fácil pensar que Bergman estaba alejado de sus dilemas existencialistas. No obstante, la forma brusca de lo picaresco le dio oportunidad de jugar desde la comicidad con temas como los cercos sociales y religiosos a los que están ceñidos aquellos que deciden seguirlos. Se habla de un estoicismo devoto, de una aristocracia rígida y al mismo tiempo doble cara, en oposición a una juventud arrebatada en lo romántico, infantil en lo sexual; y ambas partes, la adultez adinerada hipócrita, y el idealismo de los años mozos, se contraponen con la ligereza y plenitud de la servidumbre. Pensar que la atípica película de Bergman es sobre la infidelidad y las relaciones amorosas es limitarla demasiado, si hasta ahí fuera su alcance tendría otro nombre. Está en su título, leende, sonrisa en sueco, la clave de su interpretación.

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Tras un primer acto que expone el panorama (un matrimonio paternofilial sin sexo, un hijo atormentado en medio de una vocación célibe y los deseos por su madrastra; una sensual mujer que busca recuperar un antiguo amante; y la joven pareja de condes que lidian con la infidelidad) los actos consecutivos incrementan la tensión, no así la risa que siempre se maneja detonada por la ironía, para llegar a un final que explota en una sonrisa libertadora para los personajes, y en una introspectiva para los espectadores.

Ya que este es un ejercicio a la inversa, como si fuéramos conocedores del futuro del entonces realizador de 37 años, reencontramos las características insignes que hicieron de Bergman una referencia obligada del cine moderno. Sin embargo, a primeros ojos, de quienes la vieron en Cannes en la contienda de 1956 esos elementos eran los atisbos del prolífico director apenas en despunte. Por tanto, en Sonrisas de una noche de verano ya se establece esa puesta en escena simbólica y representativa que provee de un marco sólido a los diálogos reflexivos más parecidos a máximas aplastantes, a parlamentos teatrales que a voces cotidianas a las que nos tiene acostumbrados el cine norteamericano.

Así que, pese a que pudiera parecer que esos profundos diálogos se desfasan de la película por su ambiente picaresco, al contrario, todas las piezas embonan creando un mosaico de risas irónicas y por lo tanto no son simples. Siguen ahí las habituales preocupaciones del cineasta: la muerte, la locura, la religiosidad, el teatro de la vida, pero esta vez dibujados con la ligereza de la risa. Basta recordar la secuencia de Anne tratando de ser la mujer adulta que se esperaría de una casada, sin embargo, en cada intento se topa con su realidad pueril que la limita y la rejuvenece frente a los demás. Para rematar sus fallidos intentos de crecer, llega ante un ave enjaulada, imagen asociada al cautiverio disfrazado. Ni ella, ni el ave son libres.

Freud en sus textos sobre el humor decía que la risa era liberadora de emociones negativas, un dispersor de ansiedad, tristeza e incluso furia. Si bien la risa que provoca el filme sueco no es de carcajadas, sí es de cuestionamientos sociales que permiten desabrochar los cinturones de castidad, los corsés de las damas o las camisas de los caballeros. De tal forma, los personajes constreñidos por los mismos límites que la sociedad les imponía, por medio de la sonrisa se dejan caer en una seudo libertad que su misma condición les permite. Es decir, sólo los jóvenes pueden ceder al romanticismo depresivo e idílico, sólo a los amorosos se les permite fugarse a media noche. A los enamorados de mediana edad, quizá únicamente se les aprueban los deslices consensuados, las luchas de honra en juegos de pólvora. Y a los pobres, a la servidumbre que no tiene que guardar apariencias, que no importa si es joven o bella, se les concede la tercera emancipación de la noche que viene con la simpleza de los campos.

En consecuencia a una sociedad que se libera con la sonrisa, Bergman trabajaría en su próxima película las nuevas ataduras de las que se liberaría el hombre a raíz de enfrentarse con la muerte en un juego de ajedrez.

Denise Roldán Por indecisa, soy locutora, guionista y cantante de karaoke. Pero siempre regreso a la escritura, ¡siempre!

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