Loveling: la mezcolanza familiar

Por: Mauricio Hernández (@MauHeRa

¿Qué tan similares son los miembros dentro de una familia? ¿Cómo lidiamos con el apego y la eventual separación del seno familiar? Sufriendo una terrible traducción de su título -como suele suceder por la distribución de cine en México-, Loveling, amor de madre (Gustavo Pizzi, 2018) nos enfrenta a tales cuestiones a través de la historia de una familia brasileña. La película se enfoca en Irene (Karine Teles), la mamá de cuatro hijos, quien debe lidiar con la diversidad de situaciones que ocurren dentro de su familia, entre ellas la próxima retirada de Fernando (Konstantinos Sarris), su hijo mayor.

Al diseccionar el abanico de personajes tenemos a la madre firme, cuyo carácter esconde cierta propensión a sufrir ataques de angustia; el padre (Otávio Müller), más sereno y bonachón; el primogénito exitoso y más atendido por los mayores; el timorato hijo segundo (Luan Teles); los traviesos y muy activos gemelos pequeños (Arthur y Francisco Telles Pizzi). Es un grupo unido por genética pero caracterizado por la mezcolanza de personalidades y que aun con ello, siempre está la disposición de ayudarse a sobrevivir entre sí.

Con un desarrollo que no sale de la cotidianidad, este melodrama familiar se centra en las ocupaciones maternas de Irene, como lo es repartir su atención entre todos sus hijos y  en su sueño de tener una graduación universitaria. Es interesante la contraposición entre ambas personas: la madre y la mujer, y cómo trata de equilibrarlas. Sin embargo la maternidad  siempre resulta el asunto preponderante.

Lejana de otras cintas que tienen como hilo conductor los aspectos crueles de ser madre – Tully(Jason Reitman, 2018) y Mamá y papá (Brian Taylor, 2017)-, aquí vemos a un personaje siempre tratando de ser cálida y con una conexión especial con los hijos, y aunque en menor medida, también se exhiben los desequilibrios emocionales que genera el estrés por ser el pilar de un grupo.

Un aspecto visual que cabe destacar es el logrado para representar este vínculo, particularmente en dos momentos donde se intuye la desesperación por el viaje de Fernando: se monta un plano cenital con madre e hijo acostados sobre una llanta que navega en el agua, él en posición fetal sobre ella. Esta imagen simboliza, por supuesto, la unión especial formada desde el vientre, que existe a pesar de todas las desventuras.

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Para no quedar en un estricto tono maternal y edificante, se añaden subtramas sobre los demás miembros: las dificultades económicas del patriarca, los problemas de atención y aparentes inseguridades del hijo de enmedio, la violencia doméstica que sufre la tía (Adriana Esteves)… Todas con bases lo suficientemente válidas y que pudieron seguir el discurso de la diversidad en las entrañas de una familia, pero que son apenas formuladas como matices con potencial para extenderse.

Siguiendo las convenciones de su género que colocan a las emociones como núcleo del argumento, se utiliza el close-up como recurso técnico principal (y plano más recurrente) que es empleado al momento de redirigir la atención del espectador en la subtrama de otra figura. Sobresale la eficiencia de la realización nuevamente; en fotografía con emplazamientos y movimientos de cámara funcionales y hasta con cierto atrevimiento; en la mezcla de sonido, el acertado acompañamiento musical para impulsar el pico dramático.

Aún con la médula melodramática, el filme también contiene una ligerísima sustancia de carácter político que es expuesta someramente al pronunciarse sobre las complicadas circunstancias políticas y económicas de las zonas pobres de Brasil. Por ejemplo: tras ser invitado a jugar handball profesionalmente en Alemania y teniendo inconvenientes para poner sus papeles en regla, Fernando declara firmemente que su vida se arruinaría si no va a Europa, pues en Brasil no hay nada para él. En otra ocasión, Klaus, el padre de familia, se enfrenta a un proceso muy tardado y que podría arruinar los sueños del muchacho, circunstancia que se presta para manifestar una queja contra las estructuras burocráticas del país. En general, el comentario no es extenso, pero sirve como buen complemento.

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No es el más desgarrador ni el que más se asemeja a la miel, pero Loveling: amor de madre es lo suficientemente conmovedora para establecerse como un drama virtuoso. Además, logra plantear, entre algunas risas y angustias, las ideas pretendidas de la valía de la maternidad y la familia en la vida humana.

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