Lucky: Ante la nada sólo queda sonreír

Por: Denise Roldán 

Su apodo se convirtió en su nombre. Y ha sido tan afortunado que llegó hasta los 90 años sin ninguna enfermedad o percance. Sin embargo, como cualquier otro, tiene miedo.

Como pocos artistas tienen oportunidad, Harry Dean Stanton actuó su propio réquiem. A días de su muerte se estrenaba la película no biográfica, pero sí representativa, de la filosofía de vida que llevaba Harry y el protagonista de Lucky (2017). En su primer filme como director, John Carroll Lynch deja ver su lado principiante en tal labor, pero no así su experiencia en cuanto contar una historia a base de gestos, acciones y voz, que es lo que hace un actor.

A la fotografía que a ratos resalta por encuadres amplios (porque sólo en la vastedad se aprecia el desierto) se contrapone la intimidad del personaje. Tan personal es el tratamiento que únicamente sabemos su apodo; a diferencia del apellido que pertenece al campo de lo social y al nombre de pila que es de lo público cotidiano.

En el filme de John Carroll Lynch la privacidad se aborda desde la costumbre. Y es que, en los años de sienes plateadas, como diría Gardel, las personas se vuelven parte de su rutina; no es difícil adivinar el día a día de Lucky, sus quehaceres y los tramos que transita: es un hombre de usanza y cuando ésta se rompe él también se quiebra. Ahí comienza el conflicto y el meollo de todo. Después de trastocar su mundo y sus reglas, inicia el proceso de aceptar, no un cambio radical, sino el paso del tiempo y las marcas que deja. Ese es el dilema de Lucky. Ese es el dilema de todos.

El peso que como protagonista le otorgaron Logan Sparks y Drago Sumonja, los escritores, se construye a través de palabras y de silencios más que de acciones. Aunque eso podría chocar con lo que muchos realizadores pregonan, “el personaje no debe decirnos cómo se siente sino dejarnos verlo”, los guionistas hacen lo contrario y en vez de resignificar los diálogos con las situaciones, son éstas las que se replantean a partir de los diálogos densos y profundos que podrían interpretarse como monólogos sobre la vida. A esto se debe que la secuencia de acciones en Lucky sea simple: un día cualquiera, una visita al doctor, una fiesta de cumpleaños. En contraparte a esta cotidianidad de declaraciones importantes, la película oscila bien entre la tragedia y la comedia, en donde es la misma vejez y descaro del protagónico lo que detona la risa.

Otra de las decisiones del director que retan a los estándares del cine es filmar constantemente a su personaje caminando; parecería ociosidad ver a un hombre anciano andar de un lado a otro, pero es precisamente el movimiento lo que le ha dado vitalidad, y cuando se percata de que se está terminando, se queda inmóvil; arropado en su cama es cuando por primera vez el hombre de 90 años se ve frágil.

Mención aparte merecen dos puntos: la selección de música que, de inicio a fin, nos pone en sintonía emocional con los temas de Lucky: la vejez, la soledad, el miedo y la melancolía. Así, escuchar a Harry Dean Stanton con su voz añejada y de español agringado se convierte en un punto climático. Y la aparición de David Lynch, que aumenta el toque de comedia con otro bien pensado monólogo existencialista, y deja su sello en lo simbólico como suele hacerlo.

Logan Sparks, al haber conocido bien a Stanton, creó de él un personaje empático de preocupaciones humanas y diálogos honestos. En medio de una industria y una sociedad que tienden a perpetuar la juventud, Lucky responde con una frase descarada: “eres nada”.

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