The Post, el filme pro-feminista de Spielberg

Por: Irving Javier Martínez @IrvingJavierMtz

Con All the President’s Men (1976) se definió la fórmula del thriller de escándalo político, modelo que persiste hasta nuestros días (Spotlight es el caso contemporáneo de mayor éxito). Incluso, The Post se asume como una precuela de la obra de Pakula (obviamente lo es) y he ahí el problema: es una película escrita para otro tiempo. Aunque se intenta dar un giro actual (con ese Nixon-Trump amenazando al teléfono), el largometraje no simpatiza con el espectador con iPhone y cuenta de Twitter. No obstante, el filme es una joya más en la filmografía de Steven Spielberg.

Sinopsis: Kay Graham (Meryl Streep, en su mejor interpretación desde Doubt) intenta meter su diario, The Washington Post, en la Bolsa de Valores –para consolidar el “negocio familiar” en un gran corporativo informativo–. A nada de lograrlo, se enfrenta al dilema de publicar información secreta del gobierno sobre Vietnam o mantenerse al margen para no perder su libertad y la empresa. Ben Bradlee (Tom Hanks), editor en jefe del periódico, insiste para obtener la primicia.

El problema con estas películas es que se desarrollan en un mundo utópico de periodismo responsable. Aunque existen pedradas sobre los nexos de los protagonistas con las administraciones de Nixon y Kennedy, la reproducción final del discurso pro-democracia informativa hace inverosímil la vigencia del largometraje. Hoy, esos mismos medios han dejado de lado la convicción de Graham (sobre la “rentabilidad y calidad de la mano”) por mantenerse en el mercado online.

Por otro lado, The Post también nos da una mirada sobre los vicios que llevaron al periodismo convencional a su actual decadencia (no es claro si voluntaria o involuntariamente). Se nos muestra el mundo de Bradlee como una elite prepotente en un reino escalonado. Es decir, lleno de subordinados “ninguneados”. En la escena del “informe en la caja” el redactor es anulado por todos los editores y la cámara hace notoria la minimización del empleado. A discreción, se presenta a Bradlee como egocentrista (principalmente, en las pláticas con su esposa), ensimismado en su “profesionalismo” periodístico.

La caricaturización de los “grandes” hombres del periodismo lleva a una crítica severa pro-feminismo (algo nuevo en el formalismo de Spielberg). En contraste, el retrato de Kay Graham es de gran relevancia, principalmente por la puesta en escena que la coloca en planos rodeada de hombres (el momento de “luz verde al teléfono” es supremo). El periodismo tradicional era inequitativo con las mujeres y el filme intenta resaltar esa idea.

Sin embargo, esa feminidad empoderada se pierde en el formalismo y frialdad del largometraje. The Post repite los clichés de su referente al impostar la complejidad ilegible de Pakula. El filme naufraga durante su primera hora en el abismo de los detalles y sólo encuentra dirección hasta la llegada de la investigación a la casa de Bradlee. Esto se debe a que la película aborda la política norteamericana como un tema universal y no se detiene a contextualizar (la supremacía del occidentalcentrismo).

Estos fallos clasicistas pasan factura al ritmo de la película y han obstaculizado el éxito taquillero de las recientes películas de Spielberg: con excelentes valores de producción pero dirigidas a un público noventero. La hechura añeja se hace evidente en la introducción, cuando Daniel Ellsberg (Matthew Rhys) fotocopia los documentos mientras los lee en voz alta; una contextualización insuficiente e inconexa con el tono verista del largometraje.

The Post sobrevive por su profundidad temática. Los densos diálogos escapan del acartonamiento por el extremo cuidado al detalle psicológico (compatible con el buen manejo de la profundidad de campo en la fotografía). Con este filme, Spielberg demuestra su rigurosidad y talento para crear narrativas de elegante suspenso; lamentablemente, se acerca más al cementerio de los referentes de cajón.

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