Calle López, una apología al estruendo urbano

Por: Rafael Ramírez III

 En México el cine documental ha tomado primordialmente dos caminos. Uno es el documental político, que abarca desde las primeras grabaciones y propiamente cine documental de la época de la Revolución Mexicana, y posteriormente películas que (al igual que las filmadas por Eisenstein por mandato de Lenin) eran utilizadas por los altos mandos del poder político y social del país como recurso propagandístico; personajes como Francisco I. Madero,  Álvaro Obregón o Venustiano Carranza, fueron algunos mandatarios que usaron el poder de la imagen en movimiento para su conveniencia. Es así como unos años más tarde nos encontramos con títulos como Memorias de un mexicano (1950) de Salvador Toscano.

Sobre ese mismo camino, más tarde pasamos del documental histórico-político al sociopolítico, como es el caso  de El grito (1968) de Leobardo López Aretche, que trata el tema del movimiento estudiantil del 68; o el caso de Lecumberri, el palacio negro (1976), de Arturo Ripstein, hasta Crónica de un fraude (1988) o La guerra de Chiapas (1994) ambas de Carlos Mendoza.

Mucho más recientemente, en este tenor tenemos ejemplos como  Tempestad (2016) de Tatiana Huezo o La Libertad del Diablo (2017) de Everardo González, incluso Presunto Culpable (2008) de Geoffrey Smith y Roberto Hernández, o Ni Vivos ni muertos (2014) de Federico Mastrogiovanni.

Este primer camino fue y ha sido una consecuencia lógica en un país que está marcado por temas como la corrupción, los delitos electorales, las deficiencias en el sistema de justicia penal, el narcotráfico, el pésimo sistema académico, las desapariciones forzadas, los disturbios y enfrentamientos paramilitares, los policiacos y del ejército, entre muchos otros tópicos.

El otro camino primordial y mayoritario dentro del documental mexicano se encuentra en miradas ruralistas, paisajistas y tradicionalistas folclóricas. Tal es el caso de Nace un volcán (1943) de Luis Gurza, Carnaval chamula (1950) de José Báez Esponda, María Sabina, mujer de espíritu (1979) de Nicolás Echevarría, así hasta llegar a trabajos más recientes como La canción del pulque (2003) de Everardo González o Eco de la montaña (2015) de Nicolás Echevarría.

Este otro interés, responde a la necesidad de retratar al México de tradiciones, costumbres, rituales, espiritualidades, festividades, colores y naturaleza. El México que, a fin de cuentas, ha estado ahí desde antes y lucha por perdurar.

Sólo recientemente es cuando comienzan a aparecer matices distintos, miradas distintas de esta nación. Es entonces cuando vemos Calle López (2013) de Gerardo Barroso y Lisa Tilinger. Un documental que se aparta de los tópicos antes mencionados y voltea la mirada a la belleza minuciosa de la zona urbana más caótica de la Ciudad de México: el Centro Histórico.

La calle, que comienza frente a la Alameda Central y tiene su cauce en la Avenida Arcos de Belén, está llena de movimientos, de personajes, de sonidos, de climas, de vidas.

Calle López recuerda al estilo de Baraka (1992) de Ron Fricke, donde las imágenes y los sonidos serán los elementos narrativos suficientes, prescindiendo del formato de entrevista, así como de títulos, textos o una voz narradora; pero se acerca mucho más a Suite  Habana (2003) de Fernando Pérez, ya que no se pretende encontrar un discurso ético o moral y no se busca forzar un ritmo acelerado. En su lugar, al igual que el documental cubano, la belleza de Calle López radica en la misma cotidianeidad individual de cada persona-personaje que cohabita en ella.

El barrendero, el taquero, la lava  coches, el vende chicles, la quesadillera, el pollero y una niña de no más de seis años que dobla y acomoda cajas de cartón, son nuestros héroes, cuyo poder es la supervivencia del día a día.

Una calle que no discrimina por profesión, edad o género. Tanto hombres como mujeres, trabajan arduamente, y ríen y bromean. Hay luz y hay oscuridad, una oscuridad a la que estamos tan acostumbrados en México que ya no la percibimos con horror ni con asombro; hay infantes que en lugar de jugar, se ensucian las manos trabajando; hay discapacitados que, con muletas en las axilas, estacionan coches; hay perros callejeros, hay pobreza, hay cansancio. ¿Y qué es eso sino la vida? La vida del ciudadano de a pie. El ciudadano que no le da tiempo de pensar en las grandes problemáticas sociopolíticas, y que, sin embargo, es quien más las sufre. El ciudadano, también, que no aprecia aquellos paisajes, aquella naturaleza, que ha cambiado los verdes por uno que otro gris, el pasto por el asfalto, el árbol por el metal y el concreto.

Hay también silencios, de individuos concentrados en su quehacer, silencios que de vez en cuando se rompen con expresiones como “Con verde pero poquita”, “Ora estoy sola”, “¿Y su chamaca?”. Una jerga, argot o dialecto (alguna o todas, dependiendo del individuo) propio del citadino, un lenguaje al que estamos acostumbrados sin darnos cuenta que es buena muestra de nuestra cultura y que tanto nos caracteriza.

Gerardo y Lisa, directores, fueron muy inteligentes al colocar la cámara en puntos específicos para no importunar o estorbar las actividades de los personajes, pero teniéndolos muy cerca para poder apreciar sus rostros y ademanes, todo ello dentro de composiciones fotográficas bastante bellas.

Es así como la cámara es un peatón más, que observa silencioso y que fácilmente se puede sentir como el point of view de un comprador más, de un cliente más, de un caminante más.

Una importante particularidad de Calle López está en su mirada monocromática, la utilización del blanco y negro en este documental cumple con dos funciones muy especiales. Por un lado, no dejarnos distraer por los sonidos altisonantes, que, aunque muy significativos e importantes para nuestra Ciudad, pueden llegar a despistarnos del encanto que hay en las luces y las sombras, y principalmente de las texturas que se encuentran por doquier. Mismas que son correctamente capturadas por los directores.

Y por otro lado, esta misma mirada consigue darnos la sensación de un tiempo infinito capturado. Pues, de no ser por los modelos de los automóviles que vemos, bien podríamos creer que el documental es filmado en los años 80, 90 o 2000. Porque eso no importa, porque se vive todos los días. Porque las personas-personajes estuvieron y estarán ahí. Porque la Ciudad de México es y será siempre.

Uno de los directores de Calle López, Gerardo Barroso, impartirá el Curso de Cinefotografía en el Diplomado de Cine Documental de Artegios del 9 al 14 de noviembre.

 

MÁS INFORMACIÓN cursos@artegios.com

 

 

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