Kong: La Isla Calavera, bajo las voces de la fanaticada

Por: Rodrigo Garay Ysita

Un anonimato heroico cobija al responsable de este aforismo popular: “Lo peor que le pudo haber pasado a Star Wars son sus fans”. Los argumentos sobran en el último par de entregas de la saga y, sea filósofo o galleta de la suerte al que estamos citando, no estaba menos lejos de una realidad infeliz para las audiencias que somos menos candorosas en lo que a la cultura pop respecta: cuando el fanático dicta los parámetros del contenido, empiezan los ejercicios estériles de complacencia.

Por eso cabe la enorme coincidencia de que, tres años después de que el público fatigó el internet con quejas de que en Godzilla (Gareth Edwards, 2014) casi no salía Godzilla, sus atentos productores estrenaron la segunda entrega del universo cinematográfico ahora conocido como el Legendary MonsterVerse con un King Kong impudoroso, que no deja nada a la imaginación al mostrarse a cuadro a los pocos minutos de iniciada la función estrepitosa. En Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island, 2017), no hay lugar para sorpresas.

Para compensar esta falta de misterio, que había sido tan atinado al generar atmósfera y expectativa en la película de Edwards, un giro: la nueva versión del gran chango no está situada en el Nueva York de los años treinta, sino en las postrimerías de la Guerra de Vietnam. Ya no es una tragedia de romance o ambición desmedida, sino una incursión selvática en lo maravilloso desconocido: en un remix de Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993), Moby Dick (Herman Melville, 1851) y las locas aventuras sesenteras animadas con maestría por el gran Ray Harryhausen —como Mysterious Island (1961) o Jason and the Argonauts (1963)—, el extrovertido Kong se enfrenta con una expedición científica y militar que irrumpe a bombazos en su isla y termina defendiéndolos de una tropa de lagartos gigantes.

La respuesta a la audiencia de Godzilla y el collage de referencias que se acaba de dictar son dos muestras del predominante influjo de fanatismo presente en La Isla Calavera: por un lado, la producción entregada al fan service y, por el otro, un director convencido de que la mejor manera de volver a vincular a un viejo ícono del cine es a través de guiños perfectamente reconocibles a sus películas favoritas. Jordan Vogt-Roberts, en esta su segunda película, cede ante las tentaciones del cliché.

Por ejemplo: en la mentalidad fetichista de un fanático cinéfilo, la manera de representar la invasión estadounidense de Vietnam es siempre a través de un bombardeo rocanrolero insoportable porque, si algo le aprendimos a Francis Ford Coppola en Apocalypse Now (1979) o a Stanley Kubrick en Full Metal Jacket (1987), es que a la Guerra Fría hay que llegarle por Creedence Clearwater Revival, Black Sabbath, David Bowie y Creedence a huevo otra vez. Las secuencias de acción (y de transición) de Kong están marcadas por el ritmo de los videoclips musicales que se suceden uno tras otro, casi sin descanso. Hay que agradecerle también al éxito enorme de Guardians of the Galaxy (James Gunn, 2014), desde luego, por iniciar esta tendencia de convertir a los blockbusters en rocolas de Universal Stereo.

Esta incontinencia radiofónica no es la única parodia involuntaria de Apocalypse Now en la película (como es ya evidente en el bello póster promocional). Toda la iconografía militar; como los ocasos contrastantes, su fijación por el vuelo de los helicópteros o el estereotipo de capataz brutal de Samuel L. Jackson; está hecha de referencias a la obra de Coppola (o, en su defecto, a la de Kubrick) pero, a diferencia de otros plagiadores compulsivos como Quentin Tarantino, la falta de imaginación (o, quizás, la falta de experiencia) de Vogt-Roberts para armar un mosaico de citas resulta en una puesta en escena bastante genérica.

La que no es para nada plana —y qué mejor manera de cerrar esta agresión verborreica que con un aplauso para una de las bondades de Kong, que no son tan pocas como parecen aquí— es una línea argumental que quedó ligeramente eclipsada por los minutos a cuadro que desperdician a Tom Hiddleston y a Brie Larson: la historia de un Robinson Crusoe gordito (el simpático John C. Reilly) que aprendió a quitarse las vestiduras de la milicia para encontrar a un hermano en el enemigo, y que se reincorpora al flujo de la Historia, ahora avanzada treinta años, con la excentricidad que hubiera tenido Robin Williams si le hubieran dado rienda suelta en Jumanji (Joe Johnston, 1995). En lugar de que la empatía se la gane el héroe de acción o la mujer independiente y aventurera, el personaje humorístico es el que carga con la sensatez y la voz más humana de la película (como tantos bufones lo han hecho en la historia de la dramaturgia).

Entonces, a pesar de la caricatura estupidizante de un conflicto bélico y de la nulidad creativa al evidenciar a sus criaturas fantásticas (ambos pecados principalmente formales), Kong: La Isla Calavera se toma el atrevimiento de dejar al rey mono en donde pertenece, en la naturaleza, y entregar una especie de mensaje ecologista y antibélico sumergido en balazos y trepidantes secuencias de acción. Y aunque está vestida de parafernalia de segunda mano, la aventura posmoderna tiene buenas intenciones, quizás también contagiadas por el entusiasmo esencial del aficionado: un atributo que ni el más amargado de nosotros debería de reclamarle a nadie.

Trailer:

Ficha técnica

Dirección: Jordan Vogt-Roberts

Guión: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly; basado en una historia de John Gatins

Producción: Alex Garcia, Jon Jashni, Mary Parent, Thomas Tull

Reparto: Tom Hiddleston, Brie Larson, Samuel L. Jackson, John C. Reilly, John Goodman, Corey Hawkins

Dirección de fotografía: Larry Fong

Edición: Richard Pearson

Música: Henry Jackman

País: Estados Unidos

Año: 2017

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