Recuerdos fantásticos y cómo recuperarlos

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Por: Citalli Vargas Contreras

Aún recuerdo la primera vez que vi Harry Potter y la piedra filosofal: fue un día de julio, en mi noveno cumpleaños. Mi tío la había rentado en VHS especialmente para verla ese día acompañados también por mi madre. Ese mismo año pero en enero, los Reyes Magos me habían regalado el libro, que no sólo fue la primera novela que leí, también se convirtió en mi mejor amigo cuando yo era una pequeña niña solitaria, hija única, y en una puerta al mundo mágico que, aún a mis 22 años, me sigue acompañando.

Debo aceptar que las últimas tres películas del joven mago me dejaron un muy mal sabor de boca por muchos elementos que pudieron adaptar mejor, o que pudieron potenciar más, y también por aquellos que eran completamente innecesarios. Así que cuando anunciaron que harían una película de Animales Fantásticos, la idea no me emocionó particularmente.

Cuando empezaron a salir las primeras fotografías de Eddie Redmayne como Newt Scamander, comencé a preguntarme cómo demonios adaptarían un libro que es básicamente un diccionario de criaturas. Primero pensé que harían una especie de falso documental donde el protagonista contara sus historias de cómo descubrió tales especies en tales lugares y la idea de la adaptación ya no me parecía tan descabellada.

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Poco después, cuando supe que sería tal cual una historia, me emocioné pero, al mismo tiempo, sentí mucho miedo. Lo que menos deseaba era que la franquicia siguiera masacrando las historias que me habían acompañado desde pequeña y que me han dejado amigos, enseñanzas, un montón de sonrisas y lágrimas, pero sobre todo, un perpetuo recordatorio de que no estoy sola y pase lo que pase, Hogwarts siempre será un hogar para mí.

En ese momento fue cuando decidí que iría a verla, aunque fuera para maldecir a Warner y a todos los implicados. Sin embargo, tenía la esperanza de sentirme de nuevo como una niña de 10 años, vestida como Hermione, esperando en la fila con su varita en una mano y su libro bajo el brazo (porque era tan ñoña que llevaba mis libros al cine). Gracias a Merlín y a todos los magos, así fue.

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Continuando con mi tradición de ver todas las películas de Harry Potter (a excepción de la primera) el día del estreno, antes de las 11 ya estaba más que lista en la entrada del cine, gritando para mis adentros toda la emoción contenida. Allí sólo había personas de entre 20 y 30 años con sus capas y bufandas, situación que me provocó una inmensa ternura porque sabía que todos ellos, como yo, habían crecido pasando horas en Hogwarts y siguiendo fielmente las aventuras de Harry, Ron y Hermione.

Cuando terminaron los comerciales y apareció el logo de Warner, más de uno gritamos un poco y fue en ese momento cuando toda la sala tomó un giratiempo y se trasladó a cuando teníamos diez años. Éramos adultos jóvenes viendo una película pero, al mismo tiempo, volvíamos a ser unos niños que se asustaban con los malos y que sonreían y vitoreaban a los buenos. La llama de la magia se encendió de nuevo en nuestro interior, y aunque termináramos amando u odiando la cinta, la emoción ya nadie nos la iba a quitar.

Animales Fantásticos está llena de sorpresas y, por supuesto, magia. Momentos maravillosos, llenos de color y secuencias muy oscuras, tristes, duras. No obstante, lo más bello de la película es que encontramos recuerdos fantásticos y supimos cómo recuperarlos.

Trailer:

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