Kilometro 31-2, una carretera sin rumbo

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Por: Stephanie Valdés Govantes  

Si las taquillas determinaran el valor cinematográfico, estaríamos jodidos. No estoy diciendo que todas las películas con alta demanda sean deficientes, pero sí, sí existe una tendencia: la gran cantidad de venta de boletos es directamente proporcional a la casi nula calidad de la propuesta cinematográfica. ¿Será que al público le gusta que le den atole con el dedo?
Y entre uno de lo éxitos (en cifras) de esta semana, se encuentra Km 31-2, que se posicionó en el cuarto lugar con 92 mil espectadores (¡y lo que le falta!). Allá en el 2007 se estrenó la primera parte que causó un gran interés en el público y que logró llenar un poco las expectativas, quizá porque en nuestra nula industria cinematográfica del género, presentaba efectos novedosos como los que observamos en la mujer fantasma y en las alucinaciones. Tuvo gran respuesta como propuesta nacional porque no había, ni hay, muchos puntos de comparación.
Una extraña sensación desde que inicia la película invade mi mente y desemboca en un pensamiento frío y directo; y efectivamente, mi augurio se hizo realidad, me encuentro con una historia fofa y superflua. Trato de encontrarle pies y cabeza pero solo identifico un forzado intento por articular la nueva historia con la primera cinta, que no encaja ni con calzador.
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La película inicia con la última escena de Km 31, y en los próximos minutos, se muestra la técnica que se utilizará a lo largo de todo el filme: slow motion, planos holandeses, planos cerrados, y movimientos de cámara sin ninguna justificación.
La historia (si es que la hay) trata de recuperar la figura del detective Ugalde en un nuevo caso: la desaparición del hijo de una candidata a diputada. Renuente de llevar el mando del caso, el detective se topará con un científico y su hijo vidente que le harán cambiar de opinión.
Cada año durante siete días se desaparece un niño cada noche y todo apunta a que los actores del delito forman parte de una banda de secuestradores, sin embargo, la actividad paranormal localizada en la casa de la diputada Fuentes Cotija, dará respuestas que ligan a una mujer involucrada en los hechos y que se relaciona con Ágata, una de las gemelas en Km31. Los cabos se comienzan a atar de la manera más inverosímil, y los personajes nunca resuelven la misión. El detective se vuelve el héroe, aunque no sabemos por qué o de qué.
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Los principales errores se encuentran en el guion, con un sinfín de lagunas y datos que sacan definitivamente al espectador de la ficción, así como la falta de elementos para justificar a los nuevos personajes, como por ejemplo, la diputada de quien por cierto, es totalmente irrelevante su profesión. O Tomás, el niño vidente y su papá. Así, el director intenta construir un camino coherente muy a su pesar.
Las escenas de sobra abundan. La utilización de grúas para ubicarnos en un lugar determinado y los movimientos de cámara con pésimo timing y sin ningún aporte narrativo desesperan y contrario a mantener la tensión, distraen a la audiencia. Para rematar, vemos pésimos efectos visuales que por mucho el primer filme de la franquicia supera abismalmente.
Decepcionante desde las primeras apariciones, las cuales más que dar miedo causan… risa. Ni con una previa experiencia lograron sobrellevar la necesidad de la audiencia ni la de la crítica. Así es como Km31-2 se accidenta en la carretera que no lleva a ningún lugar.
Calificación ⅕
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