Quizás sería prudente

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Por: Rodrigo Garay Ysita

Quizás sería prudente echar un vistazo a los sesenta. Ahora que vivimos tiempos tan sensibles, volvamos a observar esa especie de vacío cultural (o social o humanista o como sea que se llame ahora) que se generó más allá de la contracultura, de la glorificación de las drogas y el sexo libre, del mito de Woodstock, Hendrix y Santana. Al desgane emocional de las décadas siguientes y a las penas que se olvidan con música pop. Quizás hay que leer esas novelas espantosas de José Agustín y preguntarse qué cosa podría provocar una literatura tan muerta.

Esa indiferencia y desarraigo axiológico, que infestaron a Europa (y al resto del mundo colateralmente) después de la Segunda Guerra Mundial, son temas que ocuparon al Nuevo cine alemán. Ahora que el Goethe-Institut cumple 50 años en México, la Cineteca Nacional contará con un ciclo retrospectivo de diez filmes de autores como Alexander Kluge, Peter Handke y la dupla Straub/Huillet hasta el 30 de junio. Qué mejor momento para reconsiderar algunas cosas que siguen torcidas en nuestro espíritu.

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Tomemos como ejemplo a Alicia en las ciudades (Alice in den Städten, 1974). El cuarto largometraje de Wim Wenders es un bello predecesor espiritual de Paris, Texas (1984) que, por su estilizado tratamiento de la banalidad (lo que vulgarmente conocemos como “existencialismo”) y por su retrato social tan extrañamente atinado, parece estar hecho a la medida de la clase media occidental en el 2016.

La historia es la de un alemán perdido en Nueva York, Philip Winter, que regresa a Europa con una niña que encontró en el camino para ayudarla a regresar con su familia. Para evitar respetuosamente el adjetivo “visionario”, conformémonos con decir que Wenders (así como los cineastas de su generación en sus respectivas producciones) encontró momentos premonitorios en la travesía de Philip que ilustran mejor al siglo XXI que muchas películas de nuestros días. Ilustración aleatoria: la compulsión del susodicho por tomarle fotografías instantáneas a todo, sin ponerle atención al mundo que lo rodea (ni a las fotos que resultan, en realidad); anticipándose a esos ilusos que todo lo graban, sean conciertos, comidas o recitales infantiles, impulso/reflejo del smartphone en la era de Instagram, Snapchat y lo que le siga.

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La redundancia de la Polaroid, así como las múltiples referencias al adormecimiento que provocaba la televisión, apunta en todo momento a una carencia en la personalidad del protagonista y, por extensión, en la civilización que critica el director. Algo buscan pero no saben qué es. Y aunque los diálogos en la película son autorreferenciales al borde del ridículo (“En esta ciudad se pierde todo el sentido del tiempo” o “Ésa es una foto encantadora, está tan vacía”), sí demuestran distancia emocional y enajenación a fin de cuentas, ya sea entre los mismos personajes (las conversaciones en la primera parte, la que tiene lugar en Estados Unidos, son tan incómodas y aparatosas que casi parecen culpa del editor) o entre el mensaje y su audiencia.

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Si hubiera nacido en Suiza, el personaje que interpretó Rüdiger Vogler hubiera hecho comunión en las tristes tertulias del cine de Alain Tanner. El vagabundeo de Philip Winter en Alicia en las ciudades es paralelo al autoexilio de Charles Dé en Charles, vivo o muerto (Charles mort ou vif, 1970), el viejo empresario que abandonó a su familia para probar la vida bohemia del campo después de sufrir una especie de crisis de identidad que, más que referirse a un problema de memoria (personal, sentimental, histórica), alude a la clara desvinculación entre hombre posmoderno, sus antepasados y su destino. Charles ya no es el relojero tradicional que era su abuelo ni es el autómata corporativo que es su hijo: es un eslabón perdido en su misma línea genealógica, prueba andante de que tanto la institución de la familia como el argumento que favorece a la tradición se hicieron huecos después de la Guerra.

Philip es también, como los amigos de Jonás, que cumplirá los 25 años en el año 2000 (Jonas qui aura 25 ans en l’an 2000, 1976, Alain Tanner), uno de los tantos herederos de la desilusión juvenil que hizo famoso a James Dean. Siete años después de las protestas del 68, Max y su pandilla, futuros padres de Jonás, viven las secuelas infructuosas de su lucha. Es el terrorífico “¿Y ahora qué?”. ¿Y ahora qué hacemos ya que perdimos? ¿Y ahora por qué luchamos? Los desilusionados como Max y como Philip son rebeldes sin causa porque ya no hay símbolo que los represente y, como muchos de nosotros todavía, buscan significado hasta por debajo de las piedras. Ya nada puede conmoverlos en realidad.

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Además, Philip ejerce el trato humanístico mecánicamente (y a veces de mala gana), más por inercia que por convicción, quizás porque la pequeña Alice es lo más parecido a una señal de esperanza que el pobre diablo ha conocido en la necedad de sus viajes. En El laberinto de la soledad (1950), Octavio Paz también añoró la esperanza pero no supo ponerle nombre ni apellido, y se resignó a hacer un estudio de las tristezas de la psique de su pueblo, una sociedad tan perdida en el mestizaje que tampoco sabe qué hacer consigo misma.

Es evidente que ese vacío no es cosa exclusiva de los mexicanos —sólo eso nos faltaba—, y una mirada al Nuevo cine alemán resalta la insignificancia moderna de las nacionalidades. Como el fotógrafo vagabundo que es Philip, nosotros tampoco estamos representados por algo. ¿O sí? Que se pregunte el lector si se siente identificado en sus gobernantes y sus partidos políticos, en la comida típica de su país, en la Selección, en Trump, en las feministas, en la defensa ecológica, en los derechos humanos, en la ética y la filosofía analítica, en las telenovelas, en Game of Thrones, en la comida orgánica y la cerveza artesanal, en el crossfit y el zumba y el body pump, en el cine de Lars von Trier o en el Capitán América. Si nos hemos abanderado bajo alguna de estas nobles causas, sería grandioso saber si fue por el empuje del eslogan o por un verdadero sentido de pertenencia.

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¿De qué sirve ir a ver (y a gastar en) una película que no nos está vendiendo romances ni juguetes ni a Scarlett Johansson en traje de licra? ¿Para qué perder nuestro preciosísimo tiempo chilango viendo a un mal actor deambulando de la mano de una niña que no es su hija, buscando lo que por definición no se puede encontrar? ¿A qué hora empiezan los putazos? La respuesta a estos misterios inéditos ha de estar por ahí, perdida entre esas casi dos horas de “cine de arte”. Si usted llegó hasta aquí leyendo y le brotó por algún lado la prácticamente extinta comezón de la curiosidad, no estaría de sobra que se diera una vuelta por la Cineteca esta semana o que buscara alguno de los títulos aquí sugeridos porque, con las cosas como están ahora, quizás sería prudente echar un vistazo a los sesenta y pensar en qué nos ha salido mal.

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