Esperando a Carrera: 5 animaciones ejemplares de este mero país

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Por: Rodrigo Garay Ysita

En septiembre de 2011, Lo Coloco Films publicó en su cuenta de YouTube el primer avance de Ana y Bruno: una nueva y prometedora película de Carlos Carrera, el prolífico director mexiqueño que desde los doce años ya experimentaba con el cine de animación. Ahora, en mayo de 2016, todavía no sabemos cuándo se va a estrenar.

animacion_ana_y_bruno_de_carlos_carrera_1Lejos como estamos del proceso de producción, sólo se puede incursionar en el chisme y la suposición disque informada, o en la plegaria o en la visión premonitoria. Antes de achacarle el retraso al dificultoso estado financiero de nuestros compatriotas cineastas (la última vez que se supo algo del filme, ya llevaba 10 millones de pesos en su presupuesto) o a la deplorable promoción y exhibición del cine mexicano (porque este texto no fue escrito con un afán de protesta, aunque sí con ganas de difundir), entremos en el feliz contexto de la industria que, lenta y esporádicamente, está lanzando obras interesantes que se ubican al nivel de cualquier estudio de animación famosón del mundo, como lo que al parecer será Ana y Bruno.

Así que, en la víspera de su estreno (porque todo indica que este año es el bueno y que el Festival Internacional de Cine de Morelia nos podría dar la sorpresa), una pequeña selección de cinco películas animadas mexicanas (cuatro cortos y un largo) en orden cronológico, que, con las facilidades del maravilloso mundo del internet, el lector seguramente hallará fácilmente.

El héroe, de Carlos Carrera (1994)

El metro de la Ciudad de México y sus tortuosas estaciones del infierno (malditas sean), así en los noventa como hoy, son un inframundo sudoroso de pesadilla.

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Mucho antes de la fama que le trajo su exitoso largometraje El crimen del padre Amaro (2002), Carlos Carrera ya era reconocido por su trabajo en el cortometraje de animación y en El héroe es fácil ver por qué. El ganador de la Palme d’Or al mejor cortometraje en el Festival de Cannes del 94 es crudo, cadavérico (por el color de sus humanoides desalmados, como clones infinitos de El grito [1893], de Edvard Munch), de un dinamismo medio nervioso muy semejante al estilo del fabuloso Bill Plympton y, sobre todo, asfixiante. Un reflejo perfecto de lo que sentimos los usuarios del Sistema de Transporte Colectivo subterráneo anaranjado todos los días, con todo y sus dramáticos suicidios, sus acosos sexuales involuntarios y sus actos de microheroísmo martirizante.

Hasta los huesos, de René Castillo (2002)

Asesorada por el mismo Carrera tres años antes del estreno de El cadáver de la novia (The Corpse Bride, Tim Burton, 2005) y doce antes de El libro de la vida (The Book of Life, Jorge Gutiérrez, 2014), Hasta los huesos ya ilustraba el afterlife pachanguero que le espera a los mexicanos cuando se mueren. El purgatorio arrabalero está más vivo que el mundo de arriba, lleno de esqueléticos catrines alcoholizados que se deleitan graciosamente con la voz de la huesuda Eugenia León y el score original de Café Tacvba.

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Y después de un buen rato de cantos de congal, el cortometraje se deja de rodeos y enfrenta al hombre contra el que siempre ha sido su peor enemigo: el gusano, el némesis de San Jorge, que sin las alas y sin escupir fuego ya llegó a traernos la única certeza que se puede tener en esta vida.

Fuera de control, de Sofía Carrillo (2008)

Una delicia para fanáticos de Guillermo del Toro, de Tim Burton, de las mentes retorcidas cual resorte chillante, rechinante, de la clásica intermitencia en la lámpara del carnicero que nos resulta siempre tan tétrica, de la oscuridad que gruñe como barriga, de la palidez porcelánica de los rostros muertos en esas muñecas pseudo-geishas con un sólo gesto (el que parece eternamente sorprendido ante quién-sabe-qué), de la inquietud del hormiguero, de la pluralidad de emociones que ofrece la textura en lo textil y en el arte plástico de brochazos frenéticos.

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En fin, apta para góticos, emos, neo-emos, consumidores del creepypasta, deprimidos, neuróticos o para aquellos a los que la minuciosa perseverancia del stop-motion nos sigue provocando más placer que cualquier animación digitalizada.

El Santos vs. la Tetona Mendoza, de Alejandro Lozano (2012)

Desde el título ya se imagina uno en lo que se está metiendo. El asunto no es qué tanto es el apego a las tiras cómicas originales de Jis y Trino, sino qué tanto se está dispuesto a disfrutar la transgresión de lo políticamente incorrecto. Delirante, ofensiva, muy ofensiva, violenta, machista, feminista, clasista, homofóbica y, al mismo tiempo, nada de lo anterior. El guion de Augusto Mendoza se mofa constantemente de sí mismo, de sus espectadores y hasta de la enorme lista de Nombres con mayúscula que llenan los créditos de esta película.

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Aunque está impulsada por un bombardeo de chistes escatológicos y una vestidura inagotable de referencias que llaman tanto a los amantes de la cultura pop (con sus guiños a ese grandísimo clásico de culto de Stanley Kubrick o su burla al cliché musical de Rocky Balboa) como a los que habitamos este país surrealista (desde la parodia al jingle de Solidaridad hasta los imanes en forma de pan dulce que venían en los paquetes de Tía Rosa), El Santos vs. la Tetona Mendoza es mucho más que una suma de sus partes, pues, a diferencia de las proto-comedias de los hermanos Wayans, no fundamenta su narración en ninguno de estos rasgos, sino en la aventura cómica de un grupo de personajes que han trascendido su origen en las historietas para echar desmadre y joder al prójimo en la pantalla grande.

Además, escuchar la voz del ya citado Guillermo del Toro diciendo: “¡Ah, cómo eres pendejo!” (en su papel del Gamborimbo Ponx) es un placer que pocas veces se tiene en la vida.

Los ases del corral, de Irving Sevilla y Manuel Báez (2015)

El cortometraje nominado al Ariel de plata de este año es la propuesta familiar de este brevísimo compendio. Con mínimos diálogos y una vibrante animación que recuerda a las series televisivas que le dieron fama a Genndy Tartakovsky (especialmente a la bellísima fluidez visual de Samurai Jack [2001-2004], a su vez inspirada por el Ukiyo-e japonés) o al controvertido cel-shading de aquel The Legend of Zelda: The Wind Waker (2002), la búsqueda musical de la fonda “Don Goyo” es entretenida sin exagerar; gags musicales chistosones, una simple (pero efectiva) reincorporación de símbolos y una encantadora personalidad caprichosa en su pequeña protagonista, todos sencillamente mezclados en nueve minutos para compartir un mensaje igual de simple: a nadie le sirve clavarse en necedades egoístas, juntos trabajamos mejor.

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