Enrique Metinides, el artista innato

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Enrique Metinides. Fotografía: Gerardo Herrera

“Los espejos están llenos de gente.
Los invisibles nos ven.
Los olvidados nos recuerdan.
Cuando nos vemos, los vemos.
Cuando nos vamos, ¿se van? “
Eduardo Galeano

Poner un pie en casa de Enrique Metinides es encontrarse con la historia, el visitante se transforma en aquello que el artista se afanó en retratar: Un mirón. Los ojos dilucidan para comprender, en el proceso la mirada se encuentra con lo cotidiano meticulosamente ordenado en un caos inefable, al igual que en cada una de sus fotografías, el hombre es su obra.

Cada imagen es una representación simple de lo complejo en lo común. Como obsequio cual juguete recibió una cámara y en el ejercicio del goce capturó toda clase de accidentes con precoz talento. A los nueve se enfrentó a lo que muchos temían, con sobrada soltura propuso una estética sin proponerla, guiado por la curiosidad anduvo demasiado. Demostró una capacidad innata para coleccionar instantáneas. Característica que le llevaría a erigir en su hogar un museo con toda clase de objetos, cuya existencia refiere una cuantiosa cantidad de anécdotas.

A diferencia de varios su voz se mostró desde el principio, no necesitó encontrar un estilo, venía en el paquete. Presionó el disparador diciendo lo que nadie y le escucharon. De la prensa obtuvo el reconocimiento. A bordo de ambulancias recorrió la gran ciudad mapeando con precisión cada sitio. Bajaba del vehículo con la intención de contar a través la cámara con la nobleza de un caballero, respetó la muerte privilegiando el contexto, dio prioridad a los mirones. Evitó el sensacionalismo y de paso brindó una lección mal aprendida por quienes ahora realizan la misma ardua labor.

Sin presunción narra los acontecimientos de cada fotografía, se desplaza del papel a las galerías con humildad como “El niño” que platica el evento del día. Es un entusiasta enérgico y obsesivo con una calma deslumbrante. Su muletilla al hablar es “mire”, palabra clave para entender el por qué de sus inquietudes, él desea ganarse nuestras miradas haciendo del infortunio un arte. Lo logra con creces y aún así se esfuerza por decirlo todo callando aún más.

Él no retrató a las élites ni buscó re-crear la realidad, tampoco se quemó el seso experimentando con el blanco y negro ni trabajó una apócrifa teoría del color. Apresó al pueblo en el dolor y la agonía, también atrapó al México empático, el que ya no existe, ese que desapareció hace años pero se manifestó en sus imágenes. Mostró a la multitud que ayuda, evidenció una sociedad en la cual el policía era el bueno y a falta de recursos el gentío apoyaba. Arriesgó la vida por unos cuantos sin solicitar reconocimiento alguno con el mismo vigor que satura cada una de sus estampas.

El reconocimiento de hoy debió llegar ayer; en vida se le aplaude y eso es importante. Enrique Metinides ejemplifica el caso excepcional del artista innato quien llegó para ser con, por, para y a través de su obra. Un genio humilde que extraordinariamente se mantuvo gracias a la fotografía. Un coleccionista ilustre cuyo fin es buscar en cada objeto un suceso digno de contarse y de éstos… posee miles.

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