Taxi Teherán y el deseo de hacer cine

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Por: Gerardo Herrera

“Yo le paro el taxi” 
Osmani García

Jafar Panahi forma parte de la nueva ola iraní, movimiento fundamental en la historia contemporánea del séptimo arte que lo mismo mama de la Nouvelle vague francesa que del neorrealismo italiano. Sin embargo, el principal aporte proviene del contexto caracterizado por una brutal represión. El director atrae a cinéfilos, expertos y público por igual; Taxi Teherán no es la excepción, fondo y forma coexisten en una obra enmarcada lo mismo en la cámara de piedra que en la rigidez del régimen.

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La película se puede criticar a partir de dos vías: la del espectador casual y la del experto que hurga hasta lo más profundo para comprender cualquier expresión artística. La puesta en cámara se limita a las potencialidades de una cámara “de seguridad” al interior de un taxi, manejado por el propio director. Es decir, que los movimientos de cámara se reducen a unos cuantos travellings y una temblorosa cámara en mano a cargo de una directora de fotografía de tan solo 9 años.

Lo interesante es el ir y venir de los personajes, del cliente ocasional, heterogéneo. El pueblo iraní desfila ante nuestra mirada en un cruce ficción-documental. Panahi los incita, provoca y consciente, cada ser que ocupa el asiento afelpado del vehículo rememora al pueblo italiano de postguerra retratado por Visconti o De Sica. Quien espere un conflicto tradicional se verá obligado a abandonar la sala, aquí premia lo cotidiano, una suerte de microconflicto estático o repentino dependiendo del pasajero que aborde el transporte.

Para el espectador eventual resulta una experiencia sumida en el tedio, el plano largo se ve favorecido ante la carga de información que proporciona cada persona, siempre dialogada, pocas veces la acción se impone a la palabra. Podría surgir el cuestionamiento ¿por qué un cineasta decidiría incursionar en el transporte público? ¿cuál es el afán de capturar el viaje de cada viandante?

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La respuesta es simple: el amor al cine, el placer de contar historias a través de cualquier medio hasta las últimas consecuencias. Cuando uno se encuentra con el contexto que circunda al realizador, comprende la valía de la obra. Jafar Panahi fue encarcelado por 88 días ¿su crimen? Hacer cine. Películas que se consideran una afrenta en contra del gobierno, cintas que defienden a la mujer colocándola en situaciones “exclusivas de hombres” o que denuncian. A partir del encarcelamiento el director se juega la vida tentando al sistema. Oculto entre las sombras, al interior de un vehículo. Captando la esencia de su patria por medio del habla cotidiana de sus habitantes.

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El experimento es una extraordinaria afrenta cuya enseñanza fundamental, más allá de técnicas o teorías reside en la pasión desbordada por el anhelo de crear. Que no encuentra absolutamente ningún obstáculo cuando es la razón esencial del vivir. Panahi no enseña cine con esta película, tampoco nos dice cómo hacerlo. Su lección es que si uno tiene el deseo hará hasta lo imposible por lograrlo ya que como dijera Aristóteles: “Sólo hay una fuerza motriz: el deseo.”

Trailer

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