Amy: Botana trágica del morbo

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Por: Rodrigo Garay Ysita

Algunos de nosotros, cinevidentes incautos, todavía vemos documentales con la inocente noción de observar un cine de corte educativo. Se espera, se demanda o se asume objetividad absoluta de parte del documentalista, que, siguiendo esta lógica de National Geographic, es una especie de híbrido entre cineasta, reportero y profesor. Si una película está utilizando material de archivo, no puede estar más lejos de la verdad que las chick flicks de Rachel McAdams o los dramones del “cine de arte” de Susanne Bier. ¿Cómo podría engañar una cámara que no está filmando actores?

El que no duda de la veracidad de un testimonio videograbado, quizás debería de hacerlo del fino arte de la edición. Películas como Amy (2015), la recién laureada producción de Asif Kapadia, deberían servir como ejemplos —por su uso notorio de elementos cinematográficos apelativos a suspiros indignados y nudos en la garganta— de que no hay tal cosa como un documental objetivo y entonces hay que husmear sus intenciones.

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El director del también aclamado largometraje ilustrativo Senna (2010) reunió en Amy una serie de declaraciones en audio de las personas que conocieron de cerca a Amy Winehouse, numerosas entrevistas y presentaciones en vivo de la cantante, grabaciones caseras y otros registros inéditos de la producción de sus dos materiales discográficos: Frank (2003) y Back to Black (2006), para contar la caída que empezó con una chica londinense conociendo a su primer productor y terminó con un cadáver ahogado en alcohol, rodeado de un mundo de periodistas vociferantes y fanáticos lacrimógenos.

La subjetividad en el cine documental, por ser esencial y absolutamente inevitable, no puede ser algo negativo per se. Es precisamente la narración romántica y espectacular la que convierte a Man on Wire (James Marsh, 2008), también ganadora del Oscar, en un heist film encantador; o la rabia impotente del autor de Dear Zachary: A Letter to a Son About His Father (Kurt Kuenne, 2008) lo que autentifica una historia de terror marital. La trascendencia del mensaje impulsada por una visión personal sustentada en archivo.

Sin embargo, la presentación de los sucesos en Amy guarda una distancia engañosa; a excepción de las secuencias caseras, que sí provocan un acercamiento a la perspectiva de la artista y sus amigos/enemigos próximos, el narrador es invisible y, entonces, parece que vemos la vida de Winehouse con un ojo historiográfico. Un ojo que juzga y manipula, que a través de barridos lentos se pasea por el cuerpo semidesnudo de la mujer despeinada y ojerosa que deambula por la calle con la mirada perdida, que incita a la compasión y a la pena ajena mediante acentos en el score de Antônio Pinto y una serie de fotografías crecientemente embarazosas.

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Invisibles también son los entrevistados, cuya identidad sólo es indicada con texto, disociados de las imágenes a cuadro en la mayoría de los casos. Matt Curtis, responsable de las gráficas y los títulos que señalan a los locutores, optó por representar las letras de las canciones de Winehouse con tipografía propia de un karaoke en un intento de emular el puño y letra de la compositora.

La falta de una postura directoral evidente, en lugar de “objetivizar” su relación biográfica, refuerza el sentido amarillista de Amy y, gracias a estos elementos (el propósito escondido, por comodino, y la discordancia audiovisual, por ayudar a la confusión) el filme termina siendo un ejercicio más cercano al periodismo televisivo de espectáculos que al cine documental de autor. Uno podría acusar a Herzog y a Wenders de sensacionalismo y manipulación emotiva del material de archivo, pero sus voces, y consecuentemente sus intenciones, son siempre transparentes en sus respectivas filmografías de no-ficción.

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El objetivo que se husmea aquí, logrado, eso sí, por el crescendo de la presión en torno a la cantante, es inspirar lástima. El parasitismo de Mitch Winehouse, la tortura emocional impuesta por Blake Fielder-Civil como amante envidioso del intento de superación de su mujer (en la humillante secuencia de “¿Podemos tener la nueva versión actualizada de Rehab, por favor?”) e incluso el egoísmo inadvertido de sus amigas (“Yo sólo quería agarrarla, traerla de vuelta conmigo, encerrarla en mi casa y no dejarla salir”) son puestos en evidencia, sin tapujos, en las grabaciones de primera mano que obtuvo la producción.

Amy es por tanto la historia de alguien que, buscando afecto, obtuvo veneración desmedida. Buscando desahogo, obtuvo la sobreexposición traicionera de la fama. Y así como el acoso de los paparazzi y el abuso psicológico de sus dos figuras masculinas más fuertes arrinconaron a la muchacha al caos, el documental de Kapadia confina la biografía de Amy Winehouse a una tragedia que alimenta post-mortem el morbo público.

 

Trailer

 

Ficha técnica

Dirección: Asif Kapadia.

Producción: James Gay-Reese, George Pank, Paul Bell, Adam Barker y David Joseph.

Edición: Chris King.

Reparto: Amy Winehouse, Lauren Gilbert, Juliette Ashby, Nick Shymansky, Mitch Winehouse, Blake Fielder-Civil.

Música: Antônio Pinto.

Dirección de fotografía: Ernesto Herrmann.

País: Reino Unido.

Año: 2015.

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One thought

  1. No considero que el eje de documental sea el morbo publico, es un documental que muestra la vida de una mujer que no sabia que hacer con la fama, sin olvidar el abuso de sus padres en cuestiones económicos, dejando de lado toda la porquería que somos como humanos para generar entretenimiento.

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