Szpilman, buen nombre para un pianista

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Por Luis Zenil Castro @AmadeusZenil

“Este mundo es una pudredumbre, lo único que puede salvar nuestra existencia es el arte, en cualquiera de sus expresiones” Arthur Schopenhauer

Nocturno en do sostenido menor abre el empolvado telón del prólogo de una vida cuya historia sucedió en las olvidadas calles de Varsovia. Con las tenues pisadas en mi y mi bemol, el ágil arpegio de la mano derecha desarrolla la suave composición de Chopin por el también polaco Szpilman. La sinfonía nos traslada a una década clásica de la historia contemporánea que, mientras se interpreta con una ligera y sutil técnica, nos introduce en el amargo acontecer que está por marcar la vida de aquel compositor de origen judío.

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La melodía se convierte en un réquiem que envuelve uno de los acontecimientos históricos más desgarradores. Los marcos de madera barnizados que encuadran el pesado vidrio de cuarzo se estremecen cuando retumba un lejano eco. Le ordenan parar pero desde su cabina él sigue tocando hasta que el estruendo del estallido retumba en la estación de radio y se oye en todo Varsovia. Waldek se ve obligado a interrumpir el compás de cuatro por cuatro y disparado por el temor, renuncia a la pasión de su vida. La adaptación de Roman Polanski, El pianista (2002) presenta una narrativa contada con el estilo añejo, y da vida por primera vez a una historia verdadera, en la que un hombre sobrevive con su música a los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

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Wladyslaw pierde todo y a todos, pero por diferentes circunstancias esquiva milagrosamente las einsatzgruppen (escuadrones de la muerte de las SS) y la Gestapo. Aquello que quizá le da vida para seguir un poco más se interpreta como una disonancia extraviada en el tiempo, y el rigor de la melancolía que lo mantiene a flote mientras camina entre los cascajos de una ciudad abandonada, oliendo el polvo de los escombros.

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¿Qué tan difícil le será vivir sin su familia? Quizás es de lo más complicado de encarar, aún más cuando notas que todo el mundo está siendo exterminado de una forma brutal. La ayuda que recibe de la gente que lo quería y lo recordaba por la radio es crucial a priori, pero la crueldad sigue. El sobreviviente no es siempre el más fuerte si no quizás aquel que tuvo las circunstancias ideales que lo ayudaron a prevalecer, y el viejo compás que comienza en do sostenido sigue y sigue resonando en la mente ¿una injusta treta del destino, o del azar? Lo eligió a él, y que más da, la música es lo único que queda, y eso dará testimonio del recuerdo del compositor, para sí mismo y para los demás.

Las cuerdas percutidas que se oyen en la lejanía es la felicidad de estar triste, eso era su pensamiento, su melancolía, el legado de Chopin y la inspiración que le dejó a Szpilman, aquel que integró las marchas fúnebres y la perfecta fusión entre la técnica y la expresividad. Donde Wladyslaw inclusive disfruta los torpes acordes de una inexperta improvisada en el departamento contiguo, de donde se encontraba refugiado. Cuando imaginaba tocar la gran polonesa vuelve a ser interrumpido por una explosión del otro lado del gueto, donde su gente luchaba buscando dignidad en su muerte.

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La supervivencia, el hambre junto con la salud se vuelven la prioridad y convertido en una especie de vagabundo llega a una casa superviviente, en la que desea permanecer y hallar alimento. Refugiado y esperando el final, una promesa de que todo esto terminaría pronto. Sin embargo se escucha el motor de un auto y el sonido de gente entrando a la casa, los ecos de claro de luna de Beethoven suben por la vieja casa hasta llegar a los oídos de Szpilman, donde espera unos momentos para escuchar mientras se recarga sobre el marco de la puerta.

el pianista 5Un filme que no es fácil de apreciar, y quizás lo que se ve en la pantalla no luce tan extraordinario como fue la realidad porque la historia de este hombre fue un increíble suceso de supervivencia, apoyado por muchas personas y en todo momento por el pulso de la música, lo que nos transporta al intervalo armónico y emocional de dicho compositor.

Para finalizar en el epilogo de la guerra con la inminente llegada del ejército rojo y el final del tercer acto, viene el momento de mayor tensión cuando se encuentra frente a frente con un comandante del ejército alemán, quien le deja tocar el piano como prueba de sus palabras. Entonces sucede una de las catarsis más grandes del cine por excelencia, donde Wladyslaw interpreta sin el hermetismo del ensayo, sólo con fulgor de las emociones frente a su enemigo la “Ballade Número 1” en sol menor en un piano viejo y desentonado. Después de escuchar al virtuoso intérprete, el oficial alemán le ofrece su propio abrigo para el frío junto con algo de alimento, y antes de irse le pregunta:

   -¿Cómo se llama judío?- este responde con temor, Szpilman. Sonriendo dice el alemán – Buen nombre para un pianista, y se marcha.

El final se cierra con la misma melodía que no pudo terminar aquella mañana de 1939, y los créditos con una orquesta de “La Gran Polonesa”. Son muchas las películas del holocausto, pero hay pocas que son características como El Pianista; esto se debe en gran medida al contexto narrativo con base en el giro del personaje. Una cinta que siempre será recordada por las herméticas piezas de Chopin como tema principal de aquella fúnebre tragedia, de un recuerdo más del nazismo, y de Andrien Brody como ganador del Óscar a mejor actuación por darle vida a Wladyslaw Szpilman.

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