La habitación azul: un escape de los formalismos

 Por: Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

A pesar de contar con una trayectoria actoral de tres décadas, la popularidad de Mathieu Amalric –conocido como el alter ego de Polanski en La Vénus à la fourrure (2013) – comienza con su participación en La escafandra y la mariposa (2007). Tres años después de la colaboración con Julian Schnabel, el francés regresó a la dirección con Tournée (2010). Por su tercera obra detrás de cámaras, Amalric recibió el Premio al Mejor Director en Cannes. El mismo festival albergó en la selección paralela Una Cierta Mirada del año pasado su más reciente trabajo: La Habitación Azul (2014), adaptación de la novela homónima de Georges Simenon. Aunque la recepción del filme fue fría (sepultada por la gran oferta de la temporada), los unánimes elogios encumbraron a esta corta fábula de rencor y deseo.

EL AZUL ES EL NUEVO ROJO

Julien Gahyde (Amalric) está en proceso judicial, acusado de asesinar a su esposa Delphine (Léa Drucker). Durante los interrogatorios, él recuerda todos los hechos que lo llevaron a juicio: la relación extramarital con Esther (Stéphanie Cléau, una extraordinaria debutante), su insatisfactorio matrimonio y el posterior acoso de la criminal viuda Despierre. La Habitación Azul es un inquietante juego del realizador con una de las técnicas más empleadas en el cine y con los peores resultados: la retrospectiva. Los flashbacks no sólo tienen una función narrativa, también son hermosas referencias -en formas de metáforas- del el pasado y el futuro (por ejemplo, los planos con la mermelada y las abejas).

la habitación azul

Adaptar las novelas de Georges Simenon es trabajo fácil, debido al alto grado de melodrama y suspenso en los argumentos; sin embargo, (a diferencia de la versión mexicana) Amalric escapa de los formalismos del cine negro, el romanticismo gratuito y el drama aleccionador. La historia se desenvuelve de forma ligera y preciosista, limpia de todo cliché –sin juicios de doble moral o intriga tipo La ley y el orden-. Esa simpleza en la ejecución de los hilos dramáticos permite al filme ganar una magistral velocidad que el cine contemporáneo ha perdido. Sin discursos introspectivos –porque toda voz en off son declaraciones-, las grandes revelaciones del protagonista son reservadas al exclusivo uso del más elemental lenguaje visual en planos “intrascendentes”. La sofisticada ambientación y edición dan mayor fuerza al caótico mundo masculino de un hombre en crisis (sólo logrado por los responsables de la serie Mad Men).

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A diferencia de su sobrecargada y kitsch obra Tournée, en La Habitación Azul el director se inclina más por la austeridad y el minimalismo en escena. Como en su tiempo Kieslowski, Amalric hace desconcertantes saturaciones cromáticas en sus composiciones fílmicas; se abstiene de emplear lamparazos luminosos y se auxilia de una impecable dirección de arte “azulada” (sin caer en el exceso). Similar a Pawlikowski en Ida (2013), el francés echa mano de la simetría para crear secuencias hiperestilizadas en una -vanguardista y muy en boga- perspectiva “cuadrada” (1.33:1). La fotografía no tiene grandes meritos, pero logra dar nacionalidad e identidad afrancesada al metraje.

Quizás el único error de Amalric fue autonombrarse protagonista. Su interpretación es en momentos (casi) risible y en otros sobreactuado (cuando parece que los ojos le estallarán). Salvan el ritmo dramático los actores (muy) de soporte. Los logros en la adaptación de la novela también rescatan cualquier error interpretativo. El autor del guión depura la trama y deja los elementos necesarios para crear un relato elegante y clásico. La edición musical y rigor en los planos secuencia lo acercan a un indiscutible estilo bressoniano (principalmente en la recta final). El largometraje tiene un clasicismo extremo que la aproxima al cine europeo de los 50 (parecido a las obras griegas recientes). La estructura del desenlace y créditos (con toques de arte sacro) son sublimes –muy adecuados para los dilemas morales de Simenon-; ésa característica convierte a La habitación Azul en una extraordinaria alegoría contemporánea sobre la justicia humana. Rescatable obra del 2014 y un acierto más en la corta filmografía del pequeño Amalric. (9.0/10)

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