El broche rojo de Loach

 

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Por Irving Javier Martínez

Ken Loach es un director incómodo por la intensidad de su discurso político. El espíritu izquierdoso se mezcla con la estética solemne y sublime. Con El viento que agita la cebada (2006) ganó el premio a la Mejor Película en Cannes y la enemistad del público británico, inconforme con el retrato poco “objetivo” del Ejército Republicano Irlandés y las tropas extranjeras durante la Guerra de Independencia.

Este año, Loach anunció su retiro del cine con Jimmy’s Hall (2014). Su último largometraje es una continuación indirecta a la Palma de Oro, porque presenta la paz armada entre los bandos resultantes de la Guerra Civil. El realizador vuelve a insistir en la educación y el espíritu de protesta como vía de cambio y bienestar para la sociedad. Jimmy’s Hall compitió –por default– en Cannes y es la última colaboración con Paul Laverty, guionista de cabecera desde Carla’s Song (1996).

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El “activista” James Gralton (Barry Ward) regresa de Estados Unidos al rural condado de Leitrim -en Irlanda, después de la Guerra Civil- para ayudar a su anciana madre en la granja. Aunque Jimmy se aleja de toda actividad política, un grupo de jóvenes -y algunos amigos de lucha- logran convencerlo de reabrir el viejo salón comunitario, donde se daban clases, entrenamientos y bailes nocturnos. Con el pretexto de una amenaza a los valores irlandeses, el rencoroso Padre Sheridan (Jim Norton) comenzará una campaña –en alianza con viejos enemigos antirepublicanos de Gralton- para deportar a Jimmy y cerrar el centro de reunión, que resta importancia a la iglesia en las actividades administrativas de la región.

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Jimmy’s Hall es la suma de todas las características del cine (y programas en TV) de Loach: discretos chistes locales, dramas familiares y la inagotable  inconformidad social. El realizador continua con su “lucha” artística pro-Irlanda sin repetirse. A primera vista la película puede parecer intrascendente, pero es una gran obra sobre utópicos sueños de bienestar colectivo. A diferencia de otros trabajos más accesibles –por ejemplo The Angels’ Share (2012)-, su último proyecto es demasiado local y con bastantes referencias políticas sin muchos antecedentes, ni contexto –sólo algunas líneas en el prólogo-. El valor universal importante del film es el espíritu autodidacta en personas con nulo acceso a la educación. El salón del Jimmy surge como una alternativa de crecimiento personal para los provincianos habitantes, alejados de la tecnología y la ajetreada vida citadina.

Jimmys Hall

Loach – un pensador de izquierda genuino- deja claro que el campo es el punto de inicio de los grandes movimientos sociales; porque los problemas importantes son fácilmente visibles en las comunidades marginales. Aunque proyectos previos (recordar sus mediometrajes en la BBC) han marcado distancia (y desprecio) con las nuevas tecnologías –un obstáculo para tener un nivel de vida alto-, en Jimmy’s Hall replantea esa idea con la llegada del jazz  a Leitrim y su fusión con los bailes tradicionales –como una contribución a la cultura-. Es decir: “bailar jazz no te hace anticomunista, ni rezar un tipo de ultraderecha”. Ese planteamiento convierte al último Loach en un tipo más relajado y abierto a las diferentes posturas. Incluso, el padre Sheridan simpatiza con la integridad de Gralton –aunque también desee su deportación-.

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A pesar de ser el trabajo más “rígido” y académico de Loach, es un film vigente al cuestionar el papel imprudente de la iglesia en las decisiones del pueblo. Todo se resume en la frase de Sheridan: “Nunca patrocines al hombre autodidacta, no podrás sobornarlo después”. El sacerdote es siniestro y patético. Es innegable la excesiva estereotipación del autor para retratar a los personajes en todas sus películas. Continúa con la tajante perspectiva de mártires y victimarios de El viento que agita la cebada; pero no lo hace con malas intenciones (o tal vez sí). Esa personificación sesgada entre el bien y el mal da un estilo teatral a la película (además de sumar dramatismo) y no se queda en la simple anécdota de biopic.

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Son muchas las caras desconocidas del director evidenciadas en Jimmy’s Hall, entre ellas la romántica (ojo, no cursi). Con ayuda de la impecable fotografía de Robbie Ryan (toda una leyenda en el cine actual-destaca su labor en Wuthering Heights de Andrea Arnold-), la escena del baile nocturno entre Ward y Simone Kirby (los grandes descubrimientos actorales del director) es uno de los momentos memorables en la filmografía de Loach por su melancolía, composición e interpretación. Como en El viento que agita la cebada (titulada así por una balada bélica), la música y el baile son muy importantes. El jazz determina el cambio de mentalidad en las nuevas generaciones y las futuras transformaciones de Irlanda. Esta revolución del pensamiento se ejemplifica con la madre de Gralton, una anciana letrada que crió a su hijo autodidacta y librepensador. La idea del matriarcado como esperanza de cambio la obra de Loach, con una joven gritando a Jimmy: “Enseñaré a mi hija a bailar el Shim Sham”. En 2014 se retiró el último director “rojo” del cine; preocupado por confrontar al enemigo con imágenes y crear posturas en los espectadores. (8.0/10).

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