Bajo el cielo de Gabriel Figueroa

Por Leticia Arredondo

La iluminación destaca las facciones de los actores. Escenógrafos, directores y camarógrafos están preparados. El sonido de la claqueta marca el inicio del rodaje y la cámara de Gabriel Figueroa se encuentra lista para encuadrar aquellas escenas memorables del cine mexicano, las cuales se conjuntan en el libro Bajo el cielo de México. Gabriel Figueroa, arte y cine. 

Gabriel Figueroa, originario de la Ciudad de México, se inclinó por la fotografía a los 20 años. Su primera mancuerna con la imagen fue a través del retrato publicitario. Años después incursionó en el mundo del cine como stillman y luego como cinefotógrafo en filmes de Emilio El Indio Fernández, con quien trabajó en 24 de sus 41 producciones.

A través de las páginas de este ejemplar —editado por diversas instituciones públicas y privadas, como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y el Museo de Arte del Condado de los Ángeles (lacma, por sus siglas en inglés)—, se presenta una muestra de la trayectoria de Figueroa en diversas etapas: desde los anuncios publicitarios en revistas de los años treinta, como Filmografía, Diversiones y México al Día, hasta su labor en cintas como Maclovia de Emilio Fernández (1948), Los olvidados de Luis Buñuel (1950) y Rosa Blanca de Roberto Gavaldón (1972), entre otras.

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Los claroscuros que caracterizaron el estilo Figueroa trazaron el nombre de Gabriel en la historia del séptimo arte, mientras que en cada faceta de su carrera el fotógrafo mexicano realizó una búsqueda por atesorar su volatilidad, lo cual logró a partir de un discurso en el que coexistieron distintas influencias pictóricas, como el expresionismo alemán, las obras de Rembrandt, los murales de los pintores David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco.

Por lo tanto, Figueroa no sólo fue un iluminador que comprendió y mostró el poder de la luz en la fotografía fija: su talento radicó en la creación de particularidades que concedieron fuerza y personalidad a actores y actrices de la talla de Yolanda Ochoa, Pedro Armendáriz, Dolores del Río y María Félix.

Igualmente, su mirada creó una complicidad con la naturaleza, con el cielo y el mar, el fuego y las sombras y un sinfín de escenarios que hoy se observan en las pruebas de luz y secuencias de imágenes, las cuales por sí solas se aprecian como obras de arte.

En esta publicación conviven tales stills y fotogramas de películas como Salón México de Emilio Fernández (1942), ¡Que viva Mexico!, filme inconcluso de Serguéi Eisenstein, y Él de Luis Buñuel (1952). Asimismo, se incluyen grabados de Leopoldo Méndez, en un diálogo íntimo con los encuadres de largometrajes como Río Escondido (1947) y Pueblerina (1949), ambos de El Indio.

El libro, además de ser una interacción entre el cine y la fotografía, hace un repaso de la cinematografía nacional detrás de la pantalla, lo que nos permite comprender la conformación e importancia de cada segundo en la existencia de aquellas escenas de las cintas que definieron la época de oro del cine mexicano.

*Esta reseña fue publicada originalmente en la edición 26 impresa de la Revista Variopinto http://bit.ly/1r7sSGV

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