La imagen que intenta decir más que mil palabras

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Por Rodrigo Márquez

El mundo cinematográfico no sólo vive de Eisenstein, Spielberg, Murnau, Buñuel, Scorsese, Craven, von Trier y demás directores reconocidos. Su existencia igualmente se debe a nombres como Shakespeare, Víctor Hugo, Puzo, Lloyd Webber, Verne, García Márquez y otros autores.

El cine va más allá de la composición visual, de los movimientos y encuadres de la cámara, la edición, el montaje y la actuación. También se necesitan historias que nutran las obras fílmicas, y a partir de la literatura y el teatro, desde los inicio del lenguaje cinematográfico, se han adaptado novelas, cuentos y demás textos que a través del tiempo nos han dado obras de arte memorables.

¿Cómo olvidar la trilogía de Francis Ford Coppola, adaptando la trilogía de Mario Puzo? La cual  demostró que no hay límites para la calidad de un actor como Marlon Brando, y que graduó a otros como Al Pacino, Andy García y Diane Keaton.

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 Entrando de lleno al tópico que hoy nos ocupa, cabe mencionar que la adaptación cinematográfica es el traslado o adecuación de una historia o narración al lenguaje fílmico; y dentro del concepto encontramos el problema inicial: la adecuación. Primero se debe entender que aunque la literatura y el cine cuentan historias, ambas trabajan con materia prima diferente. Los literatos utilizan la palabra y los cineastas la imagen.

Existe una “máxima” de la vida que enuncia “una imagen dice más que mil palabras”, si esto fuera cierto, toda narrativa llevada a la pantalla grande superaría la versión impresa. Fácilmente se puede desmentir la oración anterior con el ejemplo de Pedro Páramo, filme de 1967, dirigido por Carlos Velo y adaptado para cine por Carlos Fuentes.

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Imaginemos que nos hallamos en la cabeza de Carlos Fuentes, tratando de adaptar las acciones de Comala para una cámara de cine. En primer lugar, si alguien ya descifró en su totalidad Pedro Páramo que tire la primera piedra. Entre fantasmas, vivos y un pueblo muerto, la película fue confusa en la misma medida que el libro, y sobre todo, en los saltos de tiempo debido a que los cortes son como en la obra literaria: de un momento a otro y sin considerar modos y lenguaje cinematográfico para los flashbacks. Tal vez hay obras que nacieron para no adaptarse, pero no por ello se debe terminar de trasladar del papel a la imagen; Kubrick lo ha hecho muy bien con Lolita y el Resplandor.

Por otro lado, el teatro también ha realizado aportaciones al séptimo arte. Tal vez tengamos más presente musicales como Jesucristo Superestrella, El Fantasma de la Ópera, Rent o Hair, pero si vamos más atrás, de William Shakespeare se han llevado al cine clásicos como Romeo y Julieta, Hamlet y la Fierecilla Domada.

Comparemos Romeo y Julieta de Zeffirelli y la versión de Leonardo DiCaprio: la primera, es un clásico cinematográfico, no es necesario decir más; la segunda se adaptó a los tiempos de finales del siglo pasado, cambió las espadas por pistolas y mantuvo los mismos diálogos que Shakespeare escribió. El resultado fue más negativo porque las palabras emanadas de los personajes quedaron descontextualizadas a la época mostrada en la pantalla. Creemos que en los noventas, fuera de Memo Ríos, nadie hablaba con versos y rimas

Film and Television

Por lo anterior y más, adaptar teatro al cine no es tan fácil como parece. A pesar de que ambos trabajan con actores, y en los primeros años del cine se hacía teatro grabado como las películas de Méliès, se debe entender que el teatro cuenta la historia a través del diálogo de los actores y añade aspectos introspectivos en mayor medida que en su contraparte fílmica.

En otro escalón de análisis se encuentran los musicales, y podemos decir que hay de dos tipos: aquellos que fueron escritos de manera original como Cats y Rent, y los que a partir de la discografía de un grupo o cantante formaron una historia y metieron las canciones en ella, como Mamma Mia!. En este caso, el teatro tiene ventaja en contra de las películas, pues la música en vivo siempre se disfruta más que la grabada, sin embargo, no hay que demeritar el talento mostrado por Carl Anderson y Ted Neeley en Jesucristo Superestrella, pero sí reclamar por qué Meryl Streep y Pierce Brosnan fueron exhibidos como cantantes mediocres en el musical basado en las canciones de ABBA.

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Por último, hay libros que por mejor adaptación que se haga, la propia historia de la novela es mala y por lo tanto la película obtendrá el mismo resultado: el éxito de Crepúsculo se debió al efecto hormonal que ocasionaban sus protagonistas sobre la audiencia, y no a la estética literaria utilizada por la autora.

Otra muestra es Harry Potter 7.1, la cual resultó una cinta muy lenta por dividir el libro en dos filmes con la finalidad de obtener más dinero de la taquilla. Sin problema alguno, se pudo haber hecho un sólo filme para el desenlace de la saga.

Por último, la adaptación en el cine es suma importancia, ya que le da al séptimo arte material para generar historias, para experimentar e intentar indagar en el significado o mensaje que el autor quiera expresar a través de las palabras. Ese es el objetivo y reto: rescatar la esencia de cada obra y pulirla en su transición al cinematógrafo.

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