Un payaso de colores llamado “El arenero”

Por: Gerardo Herrera (@El_Lyndon)

“Un artista no sufre al mostrar el sufrimiento. Cuando te enamoras de una idea, por muy turbia que sea, es siempre un proceso placentero, liberador, creativo. Puedes rodar una escena horrorosa, pero eres dentro de ti, feliz. Ésa es la clave”

David Lynch

Dune (1984) representó el mayor fracaso en la filmografía de su autor. David Lynch se rindió ante las propuestas de Dino De Laurentiis para realizar una película basada en la obra homónima de Frank Herbert, a cambio de la producción de un filme personal. Un trabajo por encargo y que a la postre exorcizaría sus demonios; así nació Blue velvet (1986).

El director se sirve de la curiosidad para desencadenar la trama. Jeffrey Beaumont (Kyle Maclachlan) encuentra una oreja amputada en un baldío. Dicho acontecimiento dispara las acciones del protagonista quien decide resolver el misterio. Su mirada es acompañada por la del espectador voyeurista determinado a observar junto con el personaje crímenes grotescos.

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Las acciones se desarrollan en el pueblo ficticio de Lumberton. Lugar en apariencia perfecto y apacible. Empero, resguarda seres de pesadilla, tales como el antagonista Frank Booth, interpretado por un autobiográfico e inspirado Dennis Hopper cuyo trabajo merece elevarse a la categoría de obra maestra per se.

Lynch apela a su formación pictórica. Compone cada plano haciendo uso de líneas y colores opacos que contrastan. Los planos generales se adornan con rojos desaturados, azules aterciopelados y el café primordial que proviene de la madera. Un tono por carácter. La negrura para adentrarnos en ese mundo cada vez más horroroso. El sueño idílico del primer acto por el delirio del segundo. Finalmente, la angustia.

La estética sugiere la época de los 50, donde el sonido adquiere relevancia. Basta recordar la escena en el departamento de Ben (Un memorable Robert Dean Stockwell). Musicalizada con el tema In dreams a cargo de Roy Orbison. Fantasmagórica y surreal, la interpretación divide a la película. Nos adentra en la decadencia de Lumberton y sus habitantes, abre el portal en donde lo onírico se mezcla con lo real; simplemente, en aquellas fronteras en donde la represión está ausente. El resto del score corre a cargo de Angelo Badalamenti, quien colaborará de manera constante con el director.

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El discurso audiovisual se manifiesta con maestría, David Lynch hace efectiva la escala de planos dotándola de significado emocional. Los planos abiertos corresponden al universo tolerable en el que el público está seguro. Cuando el realizador se cierra, es decir, cuando hay una aproximación al objeto, estremece. Las acciones más perturbadoras ocurren cuando hay un Close up. Se nos acostumbra pues, a temer cuando estamos cerca de los personajes.

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Blue velvet es la obra máxima del último gran genio estadounidense. Alejado del séptimo arte y dedicado a la producción independiente. David Lynch trastornó el surrealismo cinematográfico e inventó regiones en donde la superficie se mira perfecta, sin embargo, en las profundidades se oculta lo más siniestro, de él, de los personajes…de nosotros.

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